El suicidio no es una enfermedad sino una conducta. Tampoco podemos decir que el suicidio es un fenómeno producto de la impulsividad, el acto de suicidarse puede que sea impulsivo pero el suicidio requiere de una ideación y elaboración previa por eso se pude prevenir.

El suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial donde la identificación de los factores de riesgo puede ayudar a establecer correctas políticas preventivas y de intervención.

En España fallecen 10 personas al día como consecuencia del suicidio, una cada 2,5 horas, es decir el doble que por accidentes de tráfico y 80 veces más que por violencia de género. Los datos sobre el suicidio son sorprendentes y esto teniendo en cuenta que la casuística con la que se cuenta está por debajo de los datos reales ya que muchos de ellos se enmascaran o quedan ocultos. El suicidio provoca mas muertes en el mundo que las guerras y los homicidios juntos.

Algunos de estos factores de riesgo sobre los que se poseen evidencias son los siguientes: la ideación suicida y el historial de intentos de suicidio, las autolesiones, el abuso de sustancias, la accesibilidad a determinados medios, la presencia de problemas y enfermedades físicos crónicas, experiencias adversas en la infancia, problemas socioeconómicos, las situaciones vitales estresantes, los problemas de acoso, o la presencia de trastornos psicológicos previos.

En cuanto a la presencia de trastornos psicológicos en relación con el suicidio los estudios realizados establecen como factores de riesgo los trastornos del estado de ánimo, mas en concreto la depresión. Asimismo, se relacionan con el comportamiento suicida la esquizofrenia, los trastornos de personalidad y más específicamente el trastorno límite de la personalidad, los trastornos de control de impulsos, los trastornos de conducta, el trastorno por estrés postraumático y los trastornos de la conducta alimentaria.

En la juventud española de entre 15 y 35 años el suicidio es la principal causa de muerte externa y la segunda causa absoluta de muerte después de los tumores.

El suicidio en los adolescentes sigue un incremento dramático ya que es una población especialmente vulnerable, no solo debido al estrés y confusión propio del ciclo vital, sino que además hoy día en los tiempos que corren, muchos de ellos se ven incapaces o carecen de recursos y habilidades para afrontar las adversidades de la vida, tolerar las frustraciones o saber convivir con la ambivalencia y las incertidumbres cotidianas. Muchas de las veces sometidos a dinámicas familiares estresantes, abusivas y complejas como las separaciones y divorcios o reconstituciones familiares impuestos al estreno de nuevos hermanos y padres o madres además de mudanzas varias, sobreexigidos hacia el éxito financiero y sobreprotegidos al mismo tiempo lo que incidirá en su estabilidad y desarrollo psicológico. Estos adolescentes convivientes con la compulsión tecnológica cada vez mas alejados del “cara a cara” de las relaciones que dan cobijo al sufrimiento, la soledad o la desesperanza ayudando a construirse y crecer. Acostumbrados a la institucionalización del consumo a la banalización de intoxicarse como fórmula de relación, adolescente con una autoestima varada, a veces encerrados en un cuerpo que no es el suyo, otras con el miedo de expresar su orientación sexual, maltrechos en su autoconcepto, perdidos y desorientados en la acumulación banal, hiperactivos bloqueados, abandonados en familias llenas de cadáveres, quedan más y más expuestos a una idea idealizada de la muerte por medio de un suicidio que los libere del sufrimiento.

Señoras y señores algo va mal. Ante la gravedad y magnitud de un problema que se sigue incrementando es preciso una mayor y mejor visibilización, una mayor conciencia social y por supuesto programas y protocolos de prevención del suicidio consensuados que favorezcan la detección temprana de pensamientos y conductas suicidas para dar cobijo y salida a todos aquellos que lo necesiten.

 

Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica