En la consulta y en la vida cotidiana, la palabra empatía se repite con frecuencia, pero pocas veces nos detenemos a explorar sus matices. No se trata solo de “ponerse en el lugar del otro” como dicta la frase hecha. Existen distintas formas de empatía que determinan cómo nos conectamos con quienes nos rodean. Conocerlas nos ayuda a comprender mejor nuestras relaciones y a ejercer una escucha más consciente.

¿Qué diferencia hay entre empatía cognitiva y empatía emocional?

Los científicos distinguen al menos dos componentes de la empatía: el afectivo y el cognitivo. La empatía emocional (también llamada afectiva) es la capacidad de sentir lo que siente otra persona: el llanto de un amigo puede provocarnos un nudo en la garganta y su alegría puede hacernos sonreír. Esta forma de empatía se desarrolla de manera temprana, influida por la presencia de neuronas espejo; en la infancia, los bebés imitan y sintonizan de manera espontánea con las emociones de los demás. Un ejemplo cotidiano de empatía emocional aparece cuando una madre se contagia de la risa de su hijo o llora viendo una película triste.

La empatía cognitiva, en cambio, se refiere a la capacidad de reconocer y comprender el estado mental de otra persona. No necesariamente se sienten sus emociones; más bien, se interpreta su perspectiva para anticipar sus reacciones. Esta forma de empatía requiere un esfuerzo mental mayor y se desarrolla más tarde que la emocional. Pensar en cómo la historia, la personalidad o las circunstancias de alguien influyen en su comportamiento forma parte de la empatía cognitiva. Por ejemplo, un profesor que entiende que un alumno rebelde tiene problemas familiares logra manejar la situación sin juzgarlo; o un amigo que comprende que la irritabilidad de su colega se debe a un duelo reciente.

La empatía cognitiva es entrenable y permite a quienes carecen de la resonancia emocional típica aprender a conectar con los demás. Sin embargo, cuando se desarrolla sin la calidez de la empatía emocional puede volverse fría o manipuladora: alguien puede saber exactamente cómo se siente otra persona y usar esa información de forma interesada. Ambas capacidades son necesarias para relaciones saludables.

Dos caras de la misma moneda en la vida diaria

Imagina a una amiga que acaba de perder su trabajo y te lo cuenta con lágrimas en los ojos. Si respondes con frases como “vamos a revisar tu currículum ahora mismo” o “seguro que encuentras algo mejor”, estás activando tu empatía cognitiva: entiendes la situación, anticipas las necesidades y ofreces soluciones. Pero quizá ella no necesite soluciones en ese momento, sino sentirse acompañada en su tristeza. Aquí entra la empatía emocional: sentarse a su lado, escucharla y decir “debe ser durísimo, estoy aquí contigo”.

Otro ejemplo común se da con los adolescentes. Muchos padres se desesperan porque sus hijos responden con desgano o cambian de humor repentinamente. Aplicar empatía cognitiva implica recordar que la adolescencia es un periodo de intensos cambios neurológicos y emocionales, y que el comportamiento no es un ataque personal. Tratar a un adolescente como si fuera un adulto y decir “no es para tanto” demuestra falta de empatía cognitiva. En cambio, reconocer la tormenta emocional interna y recordar las propias vivencias de esa etapa ayuda a modular las respuestas.

También sucede a la inversa. A veces sentimos profundamente el sufrimiento ajeno y nos dejamos arrastrar por él. La empatía emocional en exceso puede llevar al desbordamiento o al paternalismo, dejando al otro sin espacio para hacerse cargo de sus emociones. Para un médico o una trabajadora social, esto puede generar burnout: la literatura científica señala que diferentes dimensiones de la empatía se asocian de manera diversa al agotamiento. Integrar la mirada cognitiva permite cuidar nuestra propia regulación emocional mientras acompañamos al otro.

Cómo funcionan en nuestro cerebro

La empatía no solo es un concepto psicológico, también tiene un correlato en el cerebro. La empatía emocional se apoya en redes como la ínsula y la corteza cingulada media, relacionadas con la resonancia afectiva. La empatía cognitiva involucra otras áreas encargadas de representar internamente los estados mentales de los demás. Estas diferencias explican por qué podemos ser fuertes en una forma de empatía y débiles en la otra.

¿Cuál es más importante?

No se trata de elegir. Ambas formas son complementarias y se potencian entre sí. La empatía emocional nos conecta de manera visceral y favorece la solidaridad espontánea; la empatía cognitiva nos permite entender la historia y las motivaciones del otro para actuar con justicia y no desde el impulso. Por ejemplo, sentir la tristeza de un paciente ayuda a ofrecer consuelo, pero entender sus creencias y valores facilita una comunicación adaptada a su necesidad. El equilibrio entre sentir y comprender nos ayuda a responder con respeto y eficacia.

Claves para cultivar las dos empatías

  • Escuchar de forma activa: prestar atención al lenguaje verbal y no verbal del otro, sin interrumpir. Esto favorece tanto la resonancia emocional como la comprensión de su marco mental.
  • Practicar la perspectiva: ante un conflicto, preguntarse qué factores pueden estar influyendo en la otra persona. Poner en pausa nuestros juicios y recordar que su mapa mental es distinto al nuestro.
  • Conectar con la propia historia: rescatar recuerdos de emociones similares para sintonizar con el sufrimiento o la alegría ajena. Esto alimenta la empatía emocional.
  • Regular la emoción: reconocer cuándo una emoción ajena nos desborda y necesitamos tomar distancia para no perdernos en ella. La autoconciencia evita que la empatía se convierta en sufrimiento personal.
  • Aceptar que la empatía se aprende: la neurociencia muestra que la empatía se puede entrenar y desarrollar. Leer, reflexionar, practicar la curiosidad y buscar apoyo profesional son herramientas útiles.

Cultivar la empatía requiere voluntad y flexibilidad. En un mundo acelerado, tomar tiempo para sentir y entender al otro no solo mejora nuestras relaciones, sino que también nos humaniza. La empatía, en sus dos formas, nos recuerda que todos llevamos un universo dentro y que, al atisbarlo, podemos acompañarnos mejor.

Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica