¿Cómo gestionar el consumo excesivo compulsivo en un mundo donde el consumo se ha convertido en el propósito omnipresente de nuestras vidas? Dos de los mayores factores de riesgo para adquirir una adicción son la accesibilidad y la baja percepción de riesgo. Hoy día existe una economía de la dopamina, o lo que el historiador David Courtwright ha denominado «capitalismo límbico». La irrupción de las nuevas tecnologías sin previo aviso ha aumentado exponencialmente la accesibilidad y enriquecido el número, la variedad y la potencia de las conductas adictivas.

Desde la automatización de las líneas de producción de patatas fritas después de la Primera Guerra Mundial hasta el último iPhone de nueva generación, la carrera por la explotación de la dopamina no ha dejado de crecer. El mundo actual nos ofrece un enorme surtido de adicciones digitales que en el pasado no existían. Esta oferta incluye tanto videojuegos como redes sociales, pornografía y juegos de azar en línea, por mencionar algunos ejemplos.

El propio acto de consumir se ha convertido en una adicción. Las tasas de adicción están aumentando en todo el mundo, así como las enfermedades y trastornos psicológicos asociados. Nuestra sociedad trata de huir del dolor a cualquier precio, incluso a costa de la empatía en la crianza. Como diría Neil Postman en su libro “Divertirse hasta morir”, «las personas ya no se hablan, se entretienen. No intercambian ideas, intercambian imágenes. No discuten sobre propuestas; discuten sobre la buena apariencia, las celebridades y los anuncios». Sin embargo, todo este intento de huir del dolor solo parece empeorarlo.

Los países más ricos tienen tasas de ansiedad más altas. Asimismo, el número de nuevos casos de depresión en todo el mundo aumentó en un 50% entre 1992 y 2017, siendo los mayores aumentos en las regiones con el índice de ingresos más alto. El dolor físico también va en aumento a pesar de la ausencia de una enfermedad o lesión identificable. Aumenta, por tanto, el número y los tipos de síndromes de dolor físico sin explicación, como por ejemplo el síndrome de dolor regional complejo, la fibromialgia, la cistitis intersticial, el síndrome de dolor miofascial y el síndrome de dolor pélvico. Cabe preguntarnos entonces, ¿por qué, en una época de progreso tecnológico y avances médicos, nuestra salud empeora notablemente, siendo más infelices y teniendo más dolores físicos?

Ante todos estos acontecimientos, la búsqueda del placer y la huida rápida del dolor se han convertido en un negocio muy rentable. Pero todo placer tiene un precio, y el dolor que le sigue es más duradero e intenso que el placer que originó. La exposición prolongada y repetida a estímulos placenteros disminuye nuestra capacidad para tolerar el dolor, y nuestro umbral para experimentar el placer aumenta. Como consecuencia de todo esto, cada vez necesitamos más recompensas para sentir placer y menos umbral para sentir dolor (que además está directamente relacionado con el mundo emocional).

Los comportamientos dopaminérgicos se han convertido en una salida tan fácil como peligrosa para enfrentar el aburrimiento, sentir que uno encaja en el grupo, reducir el miedo, los síntomas de ansiedad y depresión, ahogar la ira, y un largo etcétera. Todas las conductas dopaminérgicas afectan nuestra capacidad para postergar la gratificación, a esto se le denomina descuento temporal. Por lo tanto, la capacidad para frustrarse y gestionar la impulsividad se ve gravemente afectada. Nos hemos vuelto vulnerables a una atrofia cerebral, ya que la búsqueda rápida e inmediata de placer se ha convertido en el motor dominante de nuestras vidas.

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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica