En nuestra sociedad altamente tecnológica, los individuos se han convertido en seres cortoplacistas, disfrutadores del momento, consumidores voraces y compulsivos buscadores del placer instantáneo. La inflamación consecuente del ego pulsa e incita al placer y al disfrute inmediato.

En el pasado, la enfermedad psicológica del individuo surgía como consecuencia de la represión y la negación de sus propios deseos. Sin embargo, en la actualidad, la enfermedad se manifiesta en la búsqueda desmedida del placer, confundiendo el desarrollo personal con la explotación de uno mismo. El individuo se consume a sí mismo en un movimiento auto expansivo, sin ser consciente de que está perdiendo su individualidad y carácter.

El valor del placer inmediato, erróneamente asociado con la felicidad, ha devaluado hasta mínimos históricos el valor del otro y de la interdependencia. El yo interior queda suprimido en nuestra sociedad actual, ya que su existencia depende del reconocimiento de la propia mortalidad. El yo interior moderno es simplemente el resultado de la autoexplotación mediante el consumo compulsivo y la edición tecnológica de un yo dramatúrgico, narciso y exhibicionista que se catapulta en las redes sociales como origen y destino de un yo estético carente de todo lo reflexivo.

Este individuo tecnológico ha fortalecido aún más el mecanismo de la negación, alejándose infinitamente de la capacidad de ser sincero consigo mismo. La búsqueda de la felicidad se convierte en especular, es decir, basada en imágenes idealizadas de otras vidas, careciendo de un yo genuino y cayendo en la paradoja de solo-juntos.

Al mismo tiempo el individuo se ve sometido a distintas realidades, para desertar de su propia realidad más íntima. Lo externo y lo interno se entrelazan psicológicamente, creando una confusión sobre lo genuino, lo propio frente a lo falsario, la copia o el yo editado. La identidad se desmorona estrepitosamente al intentar ser igual a todo el mundo, convirtiéndose en lo que los demás esperan de él.

Como consecuencia de todo esto, surge la frustración y el resentimiento ante la vida no vivida y la identidad no creada. Se produce una pérdida del yo reflexivo y del sentido crítico, dando lugar a una conformidad automática.

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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica