En los últimos años hemos dado un salto enorme en visibilizar la salud mental. Las redes sociales, los podcasts y los medios de comunicación nos han permitido hablar de ansiedad, depresión o déficit de atención con la misma naturalidad que hablamos de una gripe. Esta apertura es necesaria y liberadora. Sin embargo, la popularización de conceptos psicológicos ha traído consigo un fenómeno inquietante: cualquier tristeza pasajera parece convertirse en depresión, cualquier despiste en un TDAH y cualquier ruptura en un trauma. Este artículo, inspirado en estudios recientes y en la realidad clínica, explora por qué estamos tentados a diagnosticarlo todo, qué riesgos tiene esta tendencia y cómo volver a un trato más humano y responsable con nuestras emociones.

La popularización de los conceptos de salud mental

Investigaciones recientes muestran que cada vez más adolescentes y jóvenes reportan síntomas de ansiedad, tristeza, estrés o malestar psicosomático. En los países con altos ingresos, esta tendencia se expresa sobre todo a través de problemas «internalizados», es decir, emociones que se vuelven contra uno mismo, como la ansiedad o la depresión. En regiones como Latinoamérica también han aumentado los problemas «externalizados», manifestados en conductas antisociales o impulsivas. Dos grandes hipótesis explican este fenómeno: por un lado, cambios macroeconómicos, el adelanto de la pubertad y la temprana inmersión en tecnologías digitales; por otro, una mayor disposición de los adolescentes a identificar y expresar sus síntomas. Que los jóvenes hablen abiertamente de su malestar es positivo. El problema surge cuando, frente a un incremento de la conciencia, las etiquetas diagnósticas se utilizan como si fueran la única forma de darle sentido a cualquier emoción.

Riesgos del sobrediagnóstico y el autodiagnóstico

Catalogar el malestar subjetivo como trastorno tiene consecuencias contradictorias. Por un lado, facilita la detección temprana y el acceso a tratamientos cuando realmente existe un problema. Por otro, aumenta el riesgo de sobrediagnóstico y tratamientos innecesarios o iatrogénicos, sobre todo cuando se recurre a medicación o se define a alguien únicamente por su etiqueta. No debemos olvidar que muchas reacciones ante circunstancias adversas son normales y forman parte del desarrollo humano. Los criterios de los manuales diagnósticos son amplios, y muchas personas que cumplen esos criterios mejoran con el tiempo sin ningún tratamiento. Si etiquetamos como trastorno cualquier emoción desagradable corremos el riesgo de inflar artificialmente las cifras de «epidemias» de salud mental y dejar de atender a lo que realmente causa ese malestar: la desigualdad, la falta de vínculos o la precariedad laboral.

El poder de las etiquetas: entre el alivio y la trampa

Las etiquetas diagnósticas cumplen una función: permiten a los profesionales comunicarse y agrupar síntomas para facilitar la intervención. Pero una etiqueta es descriptiva, no explicativa. Decir que alguien tiene depresión solo indica que cumple ciertos criterios durante un tiempo determinado, pero no explica por qué se siente así ni qué necesita para mejorar. En la era de los tutoriales de 30 segundos, es fácil caer en el autodiagnóstico y creer que un vídeo de TikTok puede revelar nuestra estructura de personalidad. Los términos como ansiedad, TDAH, apego ansioso-evitativo o narcisismo se usan con ligereza para clasificar comportamientos o pensamientos que, aunque generan malestar, no tienen por qué ser patológicos. Incluso cuando cumplen criterios, las etiquetas pueden convertirse en un paraguas bajo el que nos refugiamos y que limita nuestra visión del problema. Buscar consuelo en un nombre es comprensible; quedarnos atrapados en él puede impedirnos avanzar.

El efecto Charcot y la profecía autocumplida

El neurólogo Charcot enseñaba a sus pacientes cómo debían presentar sus crisis histéricas. Hoy ocurre algo parecido: la forma en que entendemos y categorizamos nuestros síntomas influye en cómo se expresan. El llamado «efecto Charcot» apunta a que incrementar el etiquetado de los malestares como problemas de salud mental puede amplificar esos problemas al afectar el autoconcepto y la conducta. Cuando los adolescentes navegan por redes sociales saturadas de estereotipos diagnósticos, pueden internalizar esas imágenes y comportarse como se espera de alguien con el trastorno que creen tener. Las etiquetas se convierten así en profecías autocumplidas. Como sociedad, debemos reflexionar sobre la manera en que construimos el malestar y si estamos ayudando o alimentando nuevos problemas.

¿Crisis real o psiquiatrización social?

El incremento de la demanda de consultas en adolescentes puede deberse a múltiples factores: cambios en los criterios diagnósticos, mayor acceso a servicios, políticas asistenciales, mayor disposición a buscar ayuda y, en general, una mayor conciencia sobre la salud mental. Interpretar esa mayor demanda como una crisis de salud mental puede ser reduccionista. Lo que sí es evidente es que hay niveles significativos de sufrimiento en la población. Psicopatologizar todas esas experiencias tiene riesgos sociales e individuales: desplaza la atención de los factores socioeconómicos que generan malestar, refuerza la psiquiatrización social y, en un círculo vicioso, incrementa la demanda de servicios hasta saturarlos. Además, centrar el foco solo en los problemas internalizados puede dejar en la sombra los comportamientos externalizados que también requieren apoyo.

Alternativas: educar, conectar y cuidar

¿Qué podemos hacer ante este panorama? Los investigadores señalan que no existen indicadores claros de que ampliar el acceso a servicios por sí mismo mejore la salud mental colectiva. En cambio, proponen explorar alternativas que vayan más allá de la psiquiatrización. Entre ellas, cuestionar el uso intensivo de las redes y el acceso temprano a ellas; promover actividades que integren a los adolescentes en el mundo social y natural no virtual; favorecer espacios de encuentro comunitario y acciones colectivas que den sentido a sus vidas. En consulta recomendamos también:

  • Interpretar las emociones, no etiquetarlas: la tristeza, la ira o la euforia tienen funciones adaptativas. Aprender a escucharlas y comprender su mensaje es más útil que correr a diagnosticarlas.
  • Filtrar la información: limita tu exposición a contenidos que simplifican la salud mental. Busca fuentes fiables y profesionales.
  • Fortalecer vínculos reales: comparte tiempo con personas significativas sin intermediación digital. El acompañamiento humano es un antídoto contra la soledad y el desarraigo.
  • Buscar ayuda profesional: si el malestar persiste o se convierte en incapacitante, acude a un psicólogo o psiquiatra. La intervención personalizada evita diagnósticos erróneos y tratamientos inadecuados.

El caso de Laura: cuando el éxito profesional no calla a las etiquetas

Laura M, uno de nuestros arquetipos de paciente, es directora de marketing, madre, divorciada y responsable de un equipo de personas. Su jornada se divide entre reuniones, llamadas, eventos y la atención a su hijo de 6 años. Laura consume podcasts y blogs sobre salud mental buscando herramientas para gestionar su estrés y ansiedad. Cada semana descubre un término nuevo que parece encajar con lo que siente. Un día piensa que tiene burnout, al siguiente cree estar pasando por un déficit de atención y, a veces, se convence de que es «altamente sensible». Ese carrusel de autodiagnósticos la deja exhausta. No sabe si escuchar a la influencer que le habla del mindset o hacer caso a su intuición.

En terapia trabajamos con Laura la diferencia entre conocer un término e identificar un patrón clínico. La ayudamos a reconocer sus emociones sin ponerles un rótulo inmediato y a encontrar las causas de su malestar en su historia, en sus horarios, en su autoexigencia. También practicamos con ella la exposición gradual a las decisiones, el establecimiento de límites y la autocompasión. Laura aprendió que no todo malestar necesita un nombre médico y que un diagnóstico no define su valor como persona. Lo que sí necesita, como cualquier otro ser humano, son espacios de cuidado, comprensión y acompañamiento profesional cuando la tormenta se desborda.

Conclusión: nombrar el dolor con cuidado

La salud mental se ha instalado por fin en la conversación pública, y esto es un avance. Pero con la visibilidad llega la responsabilidad de no trivializar ni simplificar. Las etiquetas pueden orientar, aliviar y abrir puertas; también pueden confundir, estigmatizar y atraparnos. Antes de autodiagnosticarnos, conviene preguntarnos: ¿qué necesidad estoy intentando satisfacer con esa etiqueta? ¿Busco comprensión, pertenencia, explicación? Tal vez sea momento de compartir el malestar con alguien de confianza o con un profesional, en vez de buscar un diagnóstico inmediato. Las emociones humanas son complejas y no siempre encajan en manuales. En Bravo de Medina y Zabala creemos que cada historia merece ser escuchada sin juicios. Te invitamos a contactarnos si sientes que las etiquetas de internet no consiguen aliviar tu malestar. Nuestro equipo puede ayudarte a entender lo que te pasa y a encontrar un camino propio hacia el bienestar.

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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica