La relación entre alimentación y salud mental lleva años despertando interés. Numerosos estudios han encontrado que las personas que consumen más alimentos ultraprocesados presentan con mayor frecuencia síntomas depresivos.
El problema está en interpretar correctamente esa relación.
Una persona con depresión puede tener menos energía para cocinar, modificar sus horarios, comer de manera más irregular o recurrir con mayor frecuencia a alimentos preparados. También pueden intervenir el nivel socioeconómico, la actividad física, enfermedades médicas, el sueño y muchos otros factores.
Por eso encontrar una asociación entre alimentación y depresión no demuestra que los alimentos ultraprocesados sean una causa de la depresión.
Un pequeño estudio publicado el 23 de septiembre de 2026 en JAMA Psychiatry aporta ahora una pieza diferente. En lugar de limitarse a observar qué comían los participantes, los investigadores modificaron experimentalmente su alimentación.
¿Qué son los alimentos ultraprocesados?
El concepto no se refiere simplemente a cualquier alimento que haya sufrido algún procesamiento. Cocinar, congelar, pasteurizar o enlatar también son formas de procesamiento.
La investigación sobre alimentos ultraprocesados suele utilizar la clasificación NOVA. Dentro de esta categoría aparecen muchas formulaciones industriales elaboradas con ingredientes refinados, aditivos y sustancias que normalmente no se emplean de la misma manera en una cocina doméstica.
La categoría es amplia. Por eso tampoco conviene convertirla en una división simplista entre alimentos “buenos” y “malos”.
¿Qué hicieron los investigadores?
El trabajo de Chagwedera y colaboradores fue un ensayo piloto aleatorizado y cruzado.
Participaron 20 adultos con trastorno depresivo mayor que consumían una proporción elevada de alimentos ultraprocesados y que además informaban de alteraciones metabólicas.
En un diseño cruzado, los mismos participantes pasan por diferentes condiciones. En este caso se comparó su alimentación habitual con una fase en la que se redujo de manera importante el consumo de alimentos ultraprocesados.
Diecinueve de las veinte personas completaron el estudio.
La edad media fue de 43,7 años y el 70 % de los participantes eran mujeres.
¿Consiguieron realmente cambiar la alimentación?
Sí.
La puntuación utilizada para estimar el consumo de ultraprocesados pasó de una media inicial de 10,10 a 1,42 después de la intervención.
Los participantes también consideraron que el cambio era razonablemente aceptable y útil.
Este resultado puede parecer secundario, pero era precisamente una de las principales preguntas del ensayo: comprobar si una intervención de estas características podía realizarse en personas que ya sufrían depresión.
¿Qué ocurrió con los síntomas depresivos?
Durante la fase de alimentación con menor presencia de ultraprocesados, los participantes presentaron puntuaciones inferiores de depresión y ansiedad que durante la fase correspondiente a su dieta habitual.
Es un resultado interesante.
Todavía no permite afirmar que reducir los ultraprocesados sea un tratamiento eficaz para la depresión.
El estudio solamente incluyó a 20 personas, carecía de enmascaramiento y los resultados sobre depresión y ansiedad eran exploratorios. Además, los participantes sabían perfectamente cuándo estaban modificando su alimentación.
Esto introduce expectativas, cambios paralelos en otros hábitos y otros posibles factores difíciles de separar del efecto específico de los alimentos.
¿Qué sabíamos antes?
La investigación observacional ya había encontrado de forma bastante consistente una relación entre mayor consumo de ultraprocesados y peor salud mental.
Una revisión sistemática de 2025 reunió 13 estudios con 264.519 participantes. Los trece encontraron una asociación positiva entre mayor consumo de ultraprocesados y mayor gravedad de síntomas depresivos.
Otro metaanálisis había encontrado que un mayor consumo se asociaba con un riesgo aproximadamente un 28 % superior de depresión. Además, por cada incremento del 10 % de ultraprocesados sobre las calorías diarias se observaba un aumento del riesgo.
Estos datos son importantes, pero siguen siendo fundamentalmente observacionales.
Asociación y causalidad son preguntas diferentes
Podemos imaginar dos direcciones que incluso pueden coexistir.
Determinados patrones alimentarios podrían contribuir a procesos biológicos relacionados con la salud mental. Se investigan mecanismos metabólicos, inflamatorios y relacionados con la microbiota intestinal, entre otros.
Al mismo tiempo, la depresión modifica el comportamiento. La falta de energía, la anhedonia, los problemas de sueño, la pérdida de rutinas y las dificultades de autocuidado pueden deteriorar la alimentación.
La relación podría ser bidireccional.
Precisamente por eso necesitamos ensayos experimentales suficientemente grandes.
La depresión rara vez tiene una sola explicación
Existe un riesgo cuando aparecen investigaciones de este tipo: transformar rápidamente un resultado científico preliminar en una explicación sencilla.
La depresión es un trastorno heterogéneo. En ella intervienen vulnerabilidad biológica, aprendizaje, acontecimientos vitales, relaciones interpersonales, estilos cognitivos, regulación emocional, sueño, actividad física, enfermedades médicas y circunstancias sociales.
La alimentación forma parte del contexto de salud de una persona. No disponemos actualmente de evidencia para convertirla en explicación única ni en tratamiento sustitutivo de las intervenciones psicológicas o farmacológicas indicadas.

Hay además una cuestión clínica delicada
Hablar de alimentación con una persona deprimida requiere cuidado.
Un paciente que apenas consigue levantarse, trabajar o cuidar de sí mismo puede experimentar una nueva recomendación alimentaria como otra obligación que está incumpliendo.
La intervención puede terminar añadiendo culpa al sufrimiento.
También debemos extremar la prudencia cuando existen antecedentes de trastornos de la conducta alimentaria, preocupación excesiva por la comida o patrones rígidos de control.
Una recomendación aparentemente saludable puede tener efectos distintos dependiendo de la persona que la recibe.
¿Qué podemos decir hoy en consulta?
Podemos hablar de alimentación como una dimensión más del cuidado de la salud cuando resulte clínicamente pertinente.
Podemos preguntar cómo está comiendo una persona deprimida, igual que preguntamos cómo duerme, cuánto se mueve, qué ha abandonado o cómo organiza sus días.
También podemos trabajar pequeñas rutinas que faciliten el autocuidado cuando la depresión lo ha deteriorado.
Lo que todavía no podemos decir es que eliminar los alimentos ultraprocesados trate por sí mismo un episodio depresivo.
Este nuevo estudio merece atención precisamente porque empieza a transformar una asociación epidemiológica en una pregunta experimental.
La respuesta necesitará ensayos más grandes, controles más rigurosos y seguimiento suficiente para saber si los cambios observados son reproducibles y clínicamente relevantes.
Una idea para quedarse
La salud mental no vive separada del cuerpo ni de la vida cotidiana.
Lo que comemos, cómo dormimos, cuánto nos movemos, nuestras relaciones y nuestra historia psicológica forman parte de un mismo organismo.
Investigar esas conexiones merece la pena. Convertirlas prematuramente en tratamientos puede hacernos avanzar demasiado deprisa.
Referencias
Chagwedera DN, Kim E, Chiu DT, Jin C, Lee C, Tye S, Krystal A. Reducing Ultraprocessed Foods From the Diets of Patients With Depression: A Pilot Crossover Trial. JAMA Psychiatry. Published online September 23, 2026. doi:10.1001/jamapsychiatry.2026.2320.
Odum U, Schure M. Understanding the Variability of Associations Between Higher Ultra-Processed Food Consumption and Self-Reported Depression Severity: A Systematic Review of Epidemiological Studies. Healthcare. 2025;13(18):2270. doi:10.3390/healthcare13182270.
Mazloomi SN, Talebi S, Mehrabani S, et al. The association of ultra-processed food consumption with adult mental health disorders: a systematic review and dose-response meta-analysis of 260,385 participants. Nutritional Neuroscience. 2023;26(10):913-931. doi:10.1080/1028415X.2022.2110188.
Samuthpongtorn C, Nguyen LH, Okereke OI, et al. Consumption of Ultraprocessed Food and Risk of Depression. JAMA Network Open. 2023;6(9):e2334770. doi:10.1001/jamanetworkopen.2023.34770.
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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA
Psicólogo Especialista en Psicología Clínica












