Siempre nerviosa.

Nora, una mujer de 24 años, pensaba desde un punto de vista racional lo absurdo de su situación. Bajar a por el pan, entrar en el supermercado, mantener una conversación, comer en público o actuar delante de otras personas parecían todas actividades comunes y sencillas de llevar a cabo. Sin embargo, si todo eso era tan sencillo, ¿por qué no podía realizar sin más esas conductas? Sentía que le invadía un miedo y una ansiedad intensa ante tan solo la idea de llevar a cabo cualquier actividad por sencilla que fuera.

Además, Nora caía en la cuenta sobre cómo también aumentaba su ansiedad ante la idea de que otros la pudieran darse cuenta de esos síntomas de nerviosismo. Sentía miedo a que pensarán mal sobre ella, tenía vergüenza de su propio nerviosismo y que otros pudieran rechazarla o reírse de ella por esto.  

Relacionarse con otras personas provocaba un miedo y ansiedad excesivos en ella, generando un importante sufrimiento psicológico. Como consecuencia de ello trataba de evitar todo este tipo de situaciones aprendiendo a escapar de ellas. Esto la llevó a aislarse cada vez más en su casa lo que incrementaba el miedo y su propio malestar. Había dejado de ir a trabajar y ya no se relacionaba apenas con sus amigos. Los temores y el nerviosismo ante la posibilidad de relacionarse con otras personas o encontrarse en determinadas situaciones la aturdía y bloqueaba.

Nora siempre había sido una mujer tímida que durante la infancia sufrió bullying en el colegio. En casa convivió con un padre autoritario que siempre estaba fuera trabajando y una madre explosiva, exigente y carente de empatía. Los padres se encontraban en continuas peleas entre ellos, los gritos y las faltas de respeto eran diarios a los que ella asistía de forma involuntaria como espectadora silenciosa. Los padres nunca dieron importancia a la timidez de Nora, a las tensiones de casa o al proceso de acoso que sufrió justificándolo como «cosas de niños» que se pasan con el tiempo.

Con todo esto Nora quedó traumada, en una crianza donde los padres no fueron capaces de sintonizar emocionalmente con ella, convirtiéndose en victima y dejándola en alto riesgo de desarrollar trastornos psicológicos como así fue.

Años después asistiría a tratamiento con un psicólogo clínico que le diagnosticaría un trastorno de ansiedad social con agorafobia y un trastorno por estrés postraumático moderado. El tratamiento duraría años trabajando aspectos sintomáticos por un lado con respecto a la ansiedad y el miedo. Por otro lado, y en la medida que se pudo ir rebajando la ansiedad se abordaron aspectos emocionales, vivenciales y de personalidad. La reparación y reintegración del trauma, así como la recuperación de su confianza y autoestima vería la luz años después.

Este caso es inventado y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia aunque diferentes personas pudieran verse reflejada en Nora.

Dr. Ricardo Bravo de Medina

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica