Son las diez y media de la noche. Has terminado de trabajar hace horas, pero todavía respondes un mensaje. Después miras el correo «solo un momento». Luego abres una red social y aparece un vídeo sobre cómo dormir mejor, otro sobre ejercicio, otro sobre productividad y uno más sobre cómo aprovechar las mañanas.

Incluso descansar parece algo que deberíamos hacer mejor.

Dormir ocho horas. Caminar diez mil pasos. Meditar. Comer bien. Leer. Entrenar. Aprender un idioma. Ser buenos padres, buenas parejas, buenos profesionales y, a ser posible, seguir creciendo como personas.

Y llega un momento en que uno puede preguntarse:

¿Por qué estoy tan cansado si, en teoría, estoy haciendo todo para estar bien?

Hace más de quince años, el filósofo Byung-Chul Han formuló una respuesta provocadora en La sociedad del cansancio. Su tesis no es una teoría psicológica ni un diagnóstico clínico. Es una lectura filosófica de nuestra cultura. Pero algunas de sus intuiciones resultan especialmente sugerentes cuando las ponemos en diálogo con lo que hoy sabemos sobre estrés laboral, perfeccionismo, sobrecarga digital y dificultad para desconectar.

Han propone algo inquietante: quizá una parte de nuestro agotamiento no proceda únicamente de que alguien nos obligue desde fuera. Quizá estemos aprendiendo a exigirnos desde dentro.

De «tienes que hacerlo» a «puedes conseguirlo»

Una de las ideas centrales de Han es que las sociedades occidentales contemporáneas no funcionan solamente mediante prohibiciones, disciplina y obediencia. Cada vez funcionan más mediante rendimiento, iniciativa, optimización y promesas de posibilidad.

Ya no escuchamos únicamente:

«Tienes que hacer esto».

Escuchamos también:

«Puedes llegar donde quieras».

«Todo depende de ti».

«Con suficiente esfuerzo puedes convertirte en tu mejor versión».

A primera vista, suena mejor. Y en muchos sentidos lo es. Tener autonomía, oportunidades y capacidad para construir un proyecto propio puede ser profundamente saludable.

El problema aparece cuando el «puedes» se transforma silenciosamente en «deberías poder».

Si puedo formarme, ¿por qué no estoy haciendo otro curso?

Si puedo mejorar mi cuerpo, ¿por qué no entreno más?

Si puedo emprender, ¿por qué sigo en el mismo trabajo?

Si existen métodos para ser más productivo, ¿por qué sigo perdiendo el tiempo?

Entonces la posibilidad deja de sentirse como libertad y empieza a funcionar como exigencia.

Cuando el jefe también vive dentro de nosotros

Han utiliza una idea muy potente: el sujeto de rendimiento puede terminar explotándose a sí mismo creyendo que está ejerciendo su libertad. No hace falta interpretar esto literalmente ni pensar que toda autoexigencia sea producto de una estructura social. Pero como imagen psicológica resulta reconocible.

Hay personas que descansan y sienten culpa.

Terminan un proyecto y, en lugar de experimentar satisfacción, piensan inmediatamente en el siguiente.

Consiguen algo importante y su mente responde:

«Sí, pero podrías haberlo hecho mejor».

No hace falta que nadie las vigile. Han aprendido a vigilarse solas.

En consulta esto puede aparecer como perfeccionismo, hiperresponsabilidad, dificultad para poner límites, necesidad de aprobación o una autoestima excesivamente dependiente del rendimiento. Cada historia es distinta y sería simplista atribuirlas a «la sociedad». Pero también sería ingenuo pensar que nuestras formas de sufrir ocurren al margen de la cultura en la que vivimos.

El rendimiento se ha extendido más allá del trabajo

Una de las cuestiones más actuales del planteamiento de Han es que el rendimiento ya no termina necesariamente cuando salimos de la oficina.

Podemos convertir casi cualquier área de la vida en un proyecto de optimización.

El sueño se mide.

El deporte se registra.

La alimentación se controla.

El ocio se planifica.

La lectura se contabiliza.

Incluso la meditación puede terminar convertida en una tarea que debemos completar.

No hay nada malo en utilizar herramientas para cuidarnos. El problema aparece cuando el cuidado reproduce exactamente la misma lógica que nos estaba agotando.

Descansar deja de ser descanso cuando se convierte en otra prueba que debemos aprobar.

La investigación actual no demuestra a Han, pero algunas tendencias dialogan con su diagnóstico

Conviene ser rigurosos. La sociedad del cansancio es un ensayo filosófico. La psicología científica no ha «confirmado» que exista una sociedad del rendimiento en el sentido propuesto por Han.

Lo que sí encontramos son fenómenos empíricos que permiten conversar con su intuición.

Una revisión sistemática publicada en 2024 sobre intensificación del trabajo examinó 74 estudios cuantitativos y encontró que el fenómeno se ha estudiado principalmente a través de variables como sobrecarga, largas jornadas y presión temporal. Los autores concluyen que la intensificación del trabajo puede tener consecuencias importantes tanto para trabajadores como para organizaciones y reclaman una gestión más eficaz de estas demandas.4

La Organización Mundial de la Salud señala, además, que las cargas excesivas, el bajo control sobre el trabajo y la inseguridad laboral son riesgos psicosociales relevantes. En 2025 volvió a insistir en que la protección de la salud mental en el empleo requiere políticas y cambios organizativos, no únicamente enseñar a cada trabajador a soportar mejor el estrés.23

Esto introduce una corrección importante a cualquier discurso sobre autocuidado:

no todo cansancio se resuelve respirando mejor, organizándonos mejor o siendo más resilientes.

A veces el problema está también en las condiciones.

Una generación que también parece exigirse más

Otro resultado reciente resulta especialmente interesante.

En 2026, Curran, Hill y Pose publicaron en Psychological Bulletin un metaanálisis temporal que reunió 307 muestras y 82.939 universitarios de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido entre 1989 y 2024. Encontraron incrementos en distintas dimensiones del perfeccionismo, especialmente en la exigencia hacia uno mismo, la preocupación por equivocarse, las dudas sobre las propias acciones y la percepción de que los demás esperan demasiado.5

Este estudio no demuestra que Han tuviera razón ni que la cultura del rendimiento sea la causa única del perfeccionismo. Los propios análisis exploran factores económicos y sociales y muestran una realidad compleja.

Pero el hallazgo encaja con una experiencia que cada vez escuchamos más:

«Siento que nunca es suficiente».

No basta con aprobar.

Hay que destacar.

No basta con trabajar.

Hay que progresar.

No basta con estar bien.

Hay que estar mejorando.

La velocidad digital: cuando el día nunca termina de cerrarse

La sociedad descrita por Han en 2010 todavía no había conocido plenamente el mundo de notificaciones, videollamadas continuas, trabajo híbrido, mensajes instantáneos y algoritmos que compiten por nuestra atención tal como lo conocemos hoy.

La tecnología puede darnos autonomía, acceso a información y flexibilidad. No es razonable convertirla en enemiga.

Pero también puede borrar fronteras.

Una revisión sistemática publicada en 2026 examinó 43 estudios sobre la velocidad de la interacción digital. Los autores encontraron asociaciones entre entornos digitales acelerados y mayor carga cognitiva, fragmentación atencional, agotamiento de la autorregulación, reactividad emocional, tecnoestrés y cansancio emocional. Al tratarse de una síntesis de estudios heterogéneos, no permite afirmar que la velocidad digital cause por sí sola todos esos efectos, pero sí identifica un patrón que merece atención.7

Un metaanálisis de 2025 sobre tecnoestrés laboral, con 84 estudios y 44.576 trabajadores, mostró además que fenómenos como la sobrecarga tecnológica, la invasión de la vida privada por el trabajo digital, la complejidad y la incertidumbre tecnológica tienen antecedentes diferentes y dependen mucho del contexto organizativo y personal.6

El problema, por tanto, no es tener un teléfono.

Es vivir psicológicamente en un estado en el que siempre podría haber algo más que responder, mirar, aprender o terminar.

Estar cansado no significa necesariamente tener burnout

En este punto hay una distinción clínica imprescindible.

La expresión «estoy quemado» se utiliza de manera muy amplia, pero la Organización Mundial de la Salud define el burnout específicamente como un fenómeno ocupacional derivado de estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado con éxito. Se caracteriza por agotamiento, mayor distancia mental o cinismo respecto al trabajo y disminución de la eficacia profesional. La OMS aclara expresamente que no es una enfermedad médica y que el término debe aplicarse al contexto laboral.1

Por eso no todo cansancio es burnout.

El agotamiento puede aparecer en depresión, trastornos de ansiedad, insomnio, duelo, estrés sostenido, enfermedades médicas, dolor crónico, anemia, alteraciones tiroideas, efectos secundarios de medicación y muchas otras situaciones.

Y también puede existir un cansancio más cotidiano: el de una etapa exigente de la vida.

Cuando el agotamiento es persistente, intenso o se acompaña de cambios importantes en sueño, ánimo, concentración, funcionamiento o salud física, conviene evaluarlo y no asumir automáticamente que todo se debe al estrés.

El problema de convertir el cansancio en un fracaso personal

Quizá una de las aportaciones más útiles de Han para la clínica no sea explicar por qué nos cansamos, sino mostrar cómo podemos interpretar ese cansancio.

En una cultura del rendimiento, estar agotado puede vivirse como otra evidencia de incompetencia.

«No sé organizarme».

«Los demás pueden con todo».

«Debería gestionar mejor el estrés».

«Me falta disciplina».

Entonces hacemos algo paradójico: respondemos al agotamiento con más autoexigencia.

Compramos otro método de productividad.

Nos imponemos una rutina nueva.

Intentamos levantarnos una hora antes.

Añadimos ejercicio, meditación y lectura a una agenda que ya no tenía espacio.

A veces el siguiente paso no consiste en aprender a hacer más.

Consiste en autorizarse a hacer menos sin vivirlo como una derrota.

El descanso también necesita dejar de ser útil

Esta idea puede resultar incómoda.

Estamos acostumbrados a justificar el descanso por sus beneficios:

«Descansa para rendir mejor mañana».

«Duerme bien para ser más productivo».

«Desconecta para volver con más energía».

Todo eso puede ser cierto. Pero contiene una trampa.

Si solo descansamos para producir mejor, el descanso sigue al servicio de la producción.

La investigación sobre recuperación laboral muestra que la desconexión psicológica del trabajo durante el tiempo libre es una experiencia importante para el bienestar y la recuperación. Una revisión de 159 estudios identificó múltiples factores individuales y organizativos que facilitan o dificultan esa desconexión.8

Pero quizá psicológicamente necesitemos ir un poco más allá:

descansar no solo porque sea eficiente, sino porque una vida humana necesita espacios que no tengan que demostrar su utilidad.

¿Cómo salir, al menos un poco, de la lógica del rendimiento?

1. Preguntarte quién está poniendo la exigencia

Cuando aparezca un «tengo que», puede ser útil preguntar:

¿Quién dice que tengo que?

¿Es una obligación real?

¿Es un deseo mío?

¿Es miedo a decepcionar?

¿Es comparación?

¿Es una norma que ya ni siquiera recuerdo cuándo adopté?

No todas las exigencias desaparecerán. Algunas responsabilidades son reales. La cuestión es distinguir responsabilidad de autoexplotación.

2. Detectar cuándo conviertes el autocuidado en rendimiento

Si meditar mal te produce culpa, si saltarte un entrenamiento te hace sentir fracasado o si dormir se ha convertido en otra competición contra tu reloj inteligente, quizá el autocuidado está dejando de cuidarte.

Cuidarse no debería exigir una ejecución perfecta.

3. Recuperar actividades que no mejoren tu currículum

Hacer algo porque sí.

Caminar sin registrar kilómetros.

Leer algo que no te haga más competente.

Cocinar sin fotografiarlo.

Escuchar música sin hacer otra cosa al mismo tiempo.

Quedar con alguien sin convertir el encuentro en networking.

Una parte de la salud psicológica puede depender de conservar zonas de la vida que no necesiten rentabilidad.

4. Dejar espacios sin estimulación

No cada minuto vacío necesita ser ocupado.

Esperar sin sacar el móvil. Conducir sin escuchar un podcast. Sentarse unos minutos sin convertir el silencio en una técnica.

Al principio puede resultar extraño precisamente porque hemos aprendido a llenar cualquier hueco.

5. Poner límites que no dependan de estar exhausto

Muchas personas solo se permiten parar cuando ya no pueden más.

Entonces el cuerpo termina haciendo de límite que la persona no pudo poner antes.

Un límite más saludable aparece antes del colapso:

«Hoy termino aquí».

«Esto puede esperar a mañana».

«No voy a responder ahora».

«No puedo asumir una responsabilidad más».

6. No individualizar un problema que también puede ser organizativo

Si una empresa exige cargas imposibles, disponibilidad permanente y objetivos incompatibles con los recursos disponibles, enseñar respiración diafragmática a los trabajadores puede ayudar, pero no resuelve el problema principal.

Las recomendaciones actuales de la OMS sobre salud mental laboral incluyen precisamente intervenciones organizativas dirigidas a modificar condiciones y riesgos psicosociales.2

No todo debe arreglarlo la persona dentro de sí misma.

Cuando parar da miedo

Hay personas para las que el problema no es simplemente que tengan mucho que hacer.

El problema aparece cuando dejan de hacerlo.

Al parar surge ansiedad.

Vacío.

Culpa.

La sensación de no estar aprovechando la vida.

O una pregunta más profunda:

«Si no estoy produciendo, cuidando, resolviendo o demostrando algo, ¿quién soy?»

Aquí el cansancio deja de ser únicamente una cuestión de agenda. Entra en juego la autoestima, la identidad y el modo en que hemos aprendido a sentir que merecemos valor.

En psicoterapia puede ser importante explorar no solo cuánto hace una persona, sino qué teme que ocurra si deja de hacerlo.

No necesitamos convertir a Han en diagnóstico

Hay que evitar un error frecuente: utilizar un ensayo filosófico para explicar automáticamente cualquier depresión, ansiedad o agotamiento.

Han ofrece una crítica cultural. No una etiología clínica.

La depresión no se reduce a exceso de positividad. El burnout no se explica únicamente por autoexigencia. El TDAH no es producto de una sociedad multitarea. El cansancio persistente no debería interpretarse sin descartar causas médicas y psicológicas concretas.

La utilidad de La sociedad del cansancio está en otro lugar.

Nos ayuda a formular una pregunta que la clínica necesita mantener abierta:

¿cuánto de este sufrimiento pertenece a la persona y cuánto pertenece también a la forma de vida que hemos normalizado?

Conclusión: quizá no estemos cansados solo porque hacemos demasiado

Tal vez estemos cansados también porque vivimos bajo la sensación de que siempre podríamos estar haciendo algo más.

Mejorando.

Aprendiendo.

Produciendo.

Respondiendo.

Cuidándonos.

Optimizándonos.

Byung-Chul Han escribió La sociedad del cansancio antes de que nuestros relojes midieran el sueño, antes de que el trabajo entrara de forma tan constante en el teléfono y antes de que una aplicación pudiera recordarnos que llevamos varios días sin cumplir nuestros objetivos.

Su diagnóstico filosófico no sustituye a la psicología ni a la medicina. Pero conserva una pregunta incómodamente actual:

¿qué ocurre cuando la persona que nos exige rendir nunca se va a casa porque vive dentro de nosotros?

Quizá descansar empiece por algo más profundo que cerrar el ordenador.

Quizá empiece cuando dejamos de pensar que tenemos que ganarnos el derecho a parar.

Referencias

  1. World Health Organization. (2019/actualizado). Burn-out an occupational phenomenon. ICD-11. https://www.who.int/standards/classifications/frequently-asked-questions/burn-out-an-occupational-phenomenon
  2. World Health Organization. (2024). Mental health at work. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/mental-health-at-work
  3. World Health Organization. (2025). Guidance on policy and strategic actions for mental health and the employment sector. ISBN 9789240114746. https://www.who.int/publications/i/item/9789240114746
  4. Niazi, A., Memon, M. A., Sarwar, N., Obaid, A., Mirza, M. Z., & Amjad, K. (2024). Work intensification: A systematic review of studies from 1989 to 2022. Work, 77(3), 769–787. https://doi.org/10.3233/WOR-230193
  5. Curran, T., Hill, A. P., & Pose, P. M. (2026). Perfectionism is accelerating over time: A cross-temporal meta-analytic review of 35 years of college student data. Psychological Bulletin, 152(3), 255–287. https://doi.org/10.1037/bul0000518
  6. Kotek, M., & Vranjes, I. (2025). When do employees perceive technology as stressful? A meta-analysis of work-related technostress antecedents. Information & Management, 62(8), 104203. https://doi.org/10.1016/j.im.2025.104203
  7. Tripathy, S., Panigrahi, R. R., Mukherjee, S., Jibril, A. B., & Hossain, M. B. (2026). Psychology at digital speed: A systematic review of how rapid online interaction alters cognitive and affective processes. Acta Psychologica, 269, 107536. https://doi.org/10.1016/j.actpsy.2026.107536
  8. Agolli, A., & Holtz, B. C. (2023). Facilitating detachment from work: A systematic review, evidence-based recommendations, and guide for future research. Journal of Occupational Health Psychology. https://doi.org/10.1037/ocp0000353
  9. Han, B.-C. (2024). La sociedad del cansancio (4.ª ed., nueva traducción). Herder Editorial. ISBN 9788425451447. Obra original publicada en alemán en 2010.

#sociedaddelcansancio #byungchulhan #autoexigencia #burnout #saludmental #psicologíaclínica #perfeccionismo #descanso #tecnoestrés

Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica