Hay una frase que escuchamos con frecuencia en adultos jóvenes: «No me siento preparado para ser adulto».
A veces aparece al terminar los estudios. O cuando llega el primer trabajo serio, hay que independizarse, tomar decisiones económicas, mantener una relación, pensar en hijos o aceptar que los padres envejecen. La edad avanza, pero por dentro sigue existiendo la sensación de estar improvisando.
Desde fuera, esta incertidumbre puede interpretarse rápidamente como inmadurez: «Los jóvenes de ahora no quieren responsabilidades», «antes a tu edad ya teníamos una casa y dos hijos», «no quieren crecer».
La psicología del desarrollo permite una lectura más interesante.
Un estudio publicado en junio de 2026 en Developmental Psychology encontró dos fenómenos que, a primera vista, parecen contradictorios. Las cohortes más recientes de universitarios mostraban más miedo a la madurez que las generaciones anteriores cuando tenían alrededor de veinte años. Sin embargo, dentro de esas mismas personas, ese miedo tendía a disminuir a medida que avanzaban por la vida adulta.1
Es decir: puede haber algo generacional en el miedo a crecer, pero también algo profundamente evolutivo.
Y esta segunda parte es importante porque evita convertir cada duda sobre la vida adulta en un problema psicológico.
¿Qué es exactamente el «miedo a hacerse adulto»?
Los investigadores utilizaron el término inglés maturity fears, que podríamos traducir como temores a la madurez. El constructo se refiere al deseo de regresar a la seguridad asociada a la infancia, a la percepción de que ser niño era más seguro o feliz y a la inquietud ante las demandas de la vida adulta.1
Conviene precisar algo: no es un diagnóstico. No existe un «trastorno por miedo a ser adulto» descrito de esta manera. En el estudio, los temores a la madurez se midieron mediante cuatro ítems de una subescala procedente originalmente del Eating Disorder Inventory. Esa historia de la medida obliga a ser prudentes cuando trasladamos los resultados a toda la población.1
En lenguaje cotidiano, el fenómeno puede aparecer en pensamientos como:
- «Ojalá pudiera volver a cuando no tenía tantas responsabilidades».
- «Todo el mundo parece saber cómo funciona la vida menos yo».
- «No estoy preparado para tomar decisiones tan importantes».
- «Tengo miedo de equivocarme y arruinar mi futuro».
- «No quiero acabar viviendo una vida que no he elegido».
Sentir algo de esto durante una transición vital no implica necesariamente inmadurez. La cuestión clínica es otra: qué hacemos con ese miedo.

El estudio de 2026: tres generaciones observadas durante décadas
El trabajo de April R. Smith y colaboradores tiene una característica especialmente valiosa: no se limitó a comparar jóvenes actuales con adultos mayores. Utilizó un diseño secuencial por cohortes que permitió estudiar simultáneamente diferencias generacionales y cambios dentro de las mismas personas.1
Participaron 2.482 universitarios, con una edad media inicial de 19,9 años. Los estudiantes procedían de una universidad privada del nordeste de Estados Unidos y pertenecían a tres cohortes evaluadas inicialmente en 1982, 1992 y 2002. Después fueron contactados aproximadamente diez y veinte años más tarde. El 69,8 % de la muestra eran mujeres.1
Los resultados mostraron con bastante claridad dos patrones.
El primero era generacional: las cohortes más recientes mostraban mayores temores a la madurez al entrar en la vida adulta. Entre las mujeres, la cohorte de 2002 presentaba las puntuaciones más altas, seguida de la de 1992 y la de 1982. Entre los hombres también aparecían mayores temores en las cohortes de 1992 y 2002 que en la de 1982.1
El segundo patrón era evolutivo: en todas las cohortes, esos temores disminuían con el paso del tiempo. Además, la reducción era más acusada en las generaciones que habían comenzado con puntuaciones más elevadas. Al llegar a la mediana edad, las diferencias entre generaciones se habían reducido considerablemente.1
Eso cambia bastante la interpretación.
Los jóvenes de las cohortes más recientes parecían empezar la adultez con más inquietud, pero no quedaban atrapados necesariamente en ella.
Tal vez no necesitas sentirte preparado antes de empezar
Hay una idea psicológica que aparece detrás de estos resultados: muchas competencias adultas no se adquieren antes de asumir responsabilidades. Se adquieren asumiéndolas.
Esperamos sentirnos preparados para independizarnos y, en parte, aprendemos a vivir solos después de independizarnos. Esperamos tener seguridad para tomar decisiones y muchas veces la seguridad aparece después de comprobar que podemos manejar las consecuencias. Esperamos saber cómo ser padres, trabajadores, parejas o cuidadores, cuando en realidad gran parte de esos papeles se aprende mediante experiencia, error y corrección.
Los propios autores plantean que los temores podrían reducirse a medida que las personas adquieren experiencia navegando los papeles y responsabilidades de la adultez, ganan seguridad e independencia y comprueban que pueden manejar situaciones que antes percibían como incontrolables.1
Esta explicación es plausible, pero conviene distinguirla del resultado: el estudio demuestra que el miedo disminuye con la edad en esas cohortes; no demuestra exactamente qué mecanismo causa esa disminución.
La autoeficacia se construye haciendo
Este punto conecta con el concepto de autoeficacia: la expectativa de que somos capaces de manejar una determinada situación.
No es lo mismo pensar «soy una persona segura» que haber comprobado «puedo afrontar esto». La segunda sensación se construye especialmente a través de experiencias reales de dominio.
Un estudio de 2024 sobre adultos emergentes y autoeficacia para equilibrar futuros papeles laborales y familiares encontró que las experiencias propias de manejo de múltiples roles tenían más peso que observar cómo lo hacían los padres. La muestra era pequeña —108 jóvenes de Singapur—, por lo que no conviene generalizarla en exceso, pero ilustra algo coherente con la teoría de la autoeficacia: la competencia subjetiva aumenta cuando tenemos oportunidades de comprobar que podemos actuar.5
Esto tiene una consecuencia práctica importante. Si esperamos a dejar de tener miedo antes de asumir cualquier responsabilidad, podemos quedarnos esperando mucho tiempo. Algunas formas de seguridad aparecen después de actuar, no antes.
Entonces, ¿por qué las generaciones recientes parecen tener más miedo?
Aquí hay que ser especialmente rigurosos.
El estudio encontró diferencias entre cohortes, pero no identificó sus causas. Los propios autores señalan que futuras investigaciones deberían examinar factores económicos, crisis sociales, preocupaciones ambientales, la pandemia de COVID-19 y el efecto de la exposición constante a acontecimientos negativos a través de medios digitales y redes sociales.1
Son hipótesis razonables, no explicaciones demostradas.
Sin embargo, podemos entender por qué resultan psicológicamente plausibles. Convertirse en adulto no ocurre en el vacío. Uno se hace adulto dentro de unas condiciones económicas, familiares y culturales concretas.
Independizarse parece distinto cuando el acceso a la vivienda es incierto. Elegir carrera profesional parece diferente cuando el mercado laboral cambia rápidamente. Pensar en formar una familia puede resultar más inquietante cuando existen dudas económicas o ambientales. Y tomar decisiones se vuelve más difícil cuando las redes sociales permiten comparar continuamente nuestro recorrido con cientos de vidas aparentemente más exitosas.
No sería justo interpretar todas estas dificultades estructurales como falta de madurez individual.
Otro dato de 2026: los jóvenes también parecen más preocupados por equivocarse
Un metaanálisis publicado también en 2026 en Psychological Bulletin aporta un contexto complementario. Curran, Hill y Pose analizaron 307 muestras con 82.939 universitarios de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido entre 1989 y 2024. Encontraron aumentos temporales en distintas formas de perfeccionismo y, de manera especialmente relevante, un crecimiento de las preocupaciones perfeccionistas: miedo a equivocarse, dudas sobre las propias acciones y percepción de que los demás esperan demasiado.3
Este estudio no demuestra que el perfeccionismo cause miedo a hacerse adulto. Son investigaciones diferentes y no debemos unirlas causalmente.
Pero ambas describen un clima psicológico compatible: jóvenes que llegan a la adultez con mayor preocupación por cometer errores y con una percepción más amenazante de algunas responsabilidades.
Si hacerse adulto se imagina como una sucesión de decisiones irreversibles que deben salir bien a la primera, es comprensible que dé miedo.
El problema quizá no sea la responsabilidad, sino la idea de que hay que acertar
En consulta, el miedo a crecer no siempre aparece como rechazo abierto a las responsabilidades. A veces aparece exactamente al contrario: como una necesidad excesiva de hacerlo todo bien.
«Tengo que elegir bien la carrera».
«Tengo que encontrar una pareja que sea para siempre».
«Tengo que saber si quiero tener hijos».
«Tengo que independizarme, pero sin cometer errores económicos».
«A esta edad ya debería tener mi vida clara».
Cuando cada decisión se vive como un examen definitivo, la exploración se convierte en amenaza.
Una adultez saludable no exige certeza total. Exige desarrollar capacidad para elegir con información suficiente, tolerar una parte de incertidumbre, corregir el rumbo y asumir que algunas decisiones no saldrán como esperábamos.
Madurar no es dejar de equivocarse. Es aumentar nuestra capacidad para responder a lo que ocurre después de equivocarnos.
La «adultez emergente»: un periodo de exploración, no una adolescencia interminable
En el año 2000, Jeffrey Arnett propuso el concepto de adultez emergente para describir, especialmente en determinados contextos culturales e industrializados, el periodo que va aproximadamente desde el final de la adolescencia hasta mediados de la veintena. Lo caracterizó como una etapa de exploración de identidad, inestabilidad y transición entre dependencias adolescentes y roles adultos más consolidados.2
Es importante recordar que este modelo no es universal. Arnett señaló desde el principio que depende de contextos culturales que permiten un periodo prolongado de exploración antes de asumir papeles adultos estables.2
Esto evita dos errores.
El primero es tratar a todos los jóvenes de veinte o veinticinco años como adolescentes.
El segundo es exigir que todos hayan alcanzado a una edad concreta los mismos hitos que generaciones anteriores: matrimonio, vivienda, estabilidad económica, hijos o carrera definitiva.
La madurez psicológica no puede reducirse a una lista de casillas sociales.
La identidad adulta también se construye con los roles que vamos habitando
La transición a la vida adulta implica una reorganización de identidad. Dejamos de ser principalmente «hijos de», «estudiantes de» o personas cuyas decisiones están muy estructuradas por instituciones y familia, y empezamos a asumir papeles que dependen cada vez más de nosotros.
Un estudio longitudinal de 2024 con 875 adultos emergentes japoneses encontró que la estabilidad laboral se asociaba con una mayor síntesis de identidad y menor confusión, y que quienes perdían su empleo o pasaban de empleo completo a parcial mostraban descensos en esa síntesis de identidad. La relación entre identidad y satisfacción vital también era significativa.4
No significa que tener trabajo convierta automáticamente a alguien en adulto ni que el desempleo sea un problema de identidad. El estudio se realizó en un contexto cultural concreto y no permite ese tipo de simplificaciones.
Lo interesante es otra cosa: la identidad adulta se construye también en interacción con las experiencias reales que vamos teniendo.
No necesitamos tener una identidad completamente terminada antes de entrar en el mundo adulto. La identidad se reorganiza mientras vivimos.
Familias que protegen demasiado y familias que exigen demasiado
El miedo a crecer también puede observarse dentro de la relación familiar, aunque el estudio de 2026 no analizó directamente los estilos parentales como causa.
En un extremo, algunas familias transmiten implícitamente la idea de que el mundo adulto es demasiado peligroso: resuelven todos los problemas, evitan que el hijo se equivoque, intervienen continuamente y dificultan que experimente consecuencias manejables.
En el otro extremo, hay familias donde crecer significa cumplir expectativas muy elevadas: estudiar lo correcto, conseguir estabilidad rápidamente, formar pareja, independizarse y demostrar que todo el esfuerzo familiar ha merecido la pena.
Tanto la sobreprotección como la presión excesiva pueden hacer más difícil una tarea básica: experimentar que uno puede tomar decisiones propias y sobrevivir a resultados imperfectos.
La autonomía no aparece el día que alguien cumple dieciocho años. Se entrena mediante pequeñas decisiones, responsabilidades progresivas y oportunidades de reparar los propios errores.
¿Cuándo es normal tener miedo y cuándo conviene prestarle atención?
Un cierto grado de incertidumbre ante la adultez es comprensible. Ser adulto significa tomar decisiones con consecuencias reales y aceptar que no existe una figura superior que pueda garantizar que todo saldrá bien.
El miedo empieza a ser más problemático cuando organiza la vida alrededor de la evitación.
Conviene prestar atención cuando una persona:
- Rechaza sistemáticamente cualquier responsabilidad que implique autonomía;
- Pospone indefinidamente decisiones básicas por temor a equivocarse;
- Depende de los padres para resolver situaciones que podría aprender a manejar;
- Abandona oportunidades cada vez que aparece incertidumbre;
- Siente ansiedad intensa ante cualquier paso relacionado con independizarse;
- Se queda paralizada por compararse con lo que «debería» haber conseguido a su edad;
- Presenta síntomas persistentes de ansiedad o depresión;
- Utiliza alcohol, drogas, juego, pantallas u otras conductas para evitar de manera habitual las demandas adultas.
La edad cronológica, por sí sola, no determina si existe un problema. La pregunta más útil es: ¿este miedo está dificultando que la persona construya una vida propia?
Cómo reducir el miedo a hacerse adulto
1. Cambiar «tengo que estar preparado» por «puedo aprender»
La fantasía de estar completamente preparado antes de empezar suele ser imposible. Nadie ensaya toda la adultez previamente.
Una pregunta más útil es: «¿Qué parte de esto necesito aprender?».
No sé gestionar dinero: puedo aprender.
No sé vivir solo: puedo practicar.
Me cuesta resolver conflictos: puedo desarrollar esa habilidad.
No sé qué carrera quiero para siempre: puedo decidir el siguiente paso sin decidir toda mi vida.
2. Dividir «ser adulto» en competencias concretas
«Ser adulto» es una idea enorme. Resulta más manejable dividirla en tareas específicas:
- Gestionar un presupuesto;
- Organizar citas médicas;
- Buscar empleo;
- Cocinar;
- Poner límites a la familia;
- Tomar decisiones sin pedir diez opiniones;
- Manejar una decepción;
- Pedir ayuda sin delegar la responsabilidad.
La competencia se construye mejor sobre tareas observables que sobre una identidad abstracta.
3. Practicar responsabilidades graduadas
Si el miedo disminuye con la experiencia, tiene sentido que parte del trabajo consista en acumular experiencias manejables de autonomía.
No es necesario empezar por la decisión más difícil. Puede comenzarse con pequeñas responsabilidades que antes resolvían otros y aumentar gradualmente la complejidad.
El objetivo no es demostrar independencia absoluta. Ser adulto también significa saber cuándo necesitamos apoyo. La diferencia está entre pedir ayuda para poder hacer algo y pedir que otro lo haga siempre por nosotros.
4. Revisar las expectativas heredadas
Muchas personas no tienen miedo a crecer: tienen miedo a no crecer de la manera que su familia o su entorno consideran correcta.
Conviene distinguir:
- Qué quiero yo;
- Qué esperaba mi familia;
- Qué creo que debería tener a mi edad;
- Qué veo en redes sociales;
- Qué es realmente posible en mis circunstancias actuales.
Madurar también significa poder construir una biografía que no sea una copia exacta de la generación anterior.
5. Tolerar decisiones suficientemente buenas
Algunas decisiones pueden cambiarse. Otras implican costes. Muy pocas vienen con certeza absoluta.
Esperar una seguridad del cien por cien puede convertirse en otra forma de evitar vivir.
Una decisión adulta no es siempre la decisión perfecta. A menudo es la decisión más coherente con la información disponible, los valores propios y las circunstancias presentes.
6. Reducir la comparación cronológica
«A mi edad mi madre ya tenía tres hijos».
«Mis amigos ya tienen vivienda».
«Todo el mundo parece estar avanzando menos yo».
Comparar resultados sin comparar contextos produce conclusiones engañosas.
Las trayectorias actuales de educación, trabajo, vivienda, pareja y familia son más heterogéneas que una secuencia única de hitos. Esto no significa que todo retraso sea irrelevante, sino que la cronología social no puede utilizarse como único criterio de madurez.
7. Preguntarse qué miedo concreto hay debajo
«Tengo miedo de ser adulto» puede contener miedos diferentes:
- Miedo a fracasar;
- Miedo a decepcionar a los padres;
- Miedo a quedarse solo;
- Miedo a equivocarse de pareja o profesión;
- Miedo a perder la libertad;
- Miedo a no tener suficiente dinero;
- Miedo al envejecimiento y la muerte;
- Miedo a descubrir que la vida adulta no se parece a lo esperado.
Cuando el miedo adquiere nombre, podemos trabajar con él. Mientras se mantiene como una nube llamada «ser adulto», parece mucho más grande.
No conviene patologizar una transición, pero tampoco romantizar la evitación
El hallazgo de 2026 tiene una lectura tranquilizadora: una parte del miedo a crecer puede disminuir simplemente a medida que acumulamos experiencia.
Pero eso no significa que haya que esperar pasivamente a que los años lo solucionen todo.
La experiencia ayuda cuando existe experiencia. Si la persona evita de manera permanente cualquier situación que implique autonomía, no acumula las evidencias que podrían modificar su percepción de incapacidad.
Por eso hay que sostener dos ideas al mismo tiempo:
No toda inseguridad ante la adultez es patológica.
Y también:
evitar indefinidamente aquello que da miedo puede impedir adquirir la competencia que ayudaría a reducirlo.
Qué pueden hacer los padres
Para los padres de adultos jóvenes, acompañar esta transición requiere un cambio de posición.
No se trata de desaparecer ni de negar apoyo. Tampoco de continuar resolviendo cada dificultad.
Puede ser más útil preguntar:
«¿Qué opciones estás considerando?»
«¿Qué crees que puedes hacer tú?»
«¿En qué parte necesitas ayuda?»
«¿Qué pasaría si te equivocas?»
«¿Cómo podrías repararlo?»
El objetivo es pasar de ser quien resuelve a ser alguien que acompaña mientras el otro aprende a resolver.
A veces querer evitar que un hijo sufra un error significa quitarle también la posibilidad de experimentar que puede recuperarse de él.
Cuándo puede ayudar la psicoterapia
La psicoterapia puede ser útil cuando el miedo a crecer está ligado a ansiedad intensa, dependencia, perfeccionismo, baja autoestima, experiencias traumáticas, dificultades de identidad o conflictos familiares que hacen especialmente amenazante la autonomía.
El objetivo no debería ser «hacer que madure» en un sentido moralizante.
El trabajo consiste en comprender qué representa la adultez para esa persona, qué experiencias alimentan el miedo, qué competencias faltan realmente y cuáles ya existen pero la persona no reconoce.
En algunos casos habrá que trabajar autonomía. En otros, miedo al fracaso. En otros, culpa por separarse psicológicamente de la familia. En otros, la convicción de que una decisión equivocada destruye el futuro.
Y en muchos casos habrá que hacer algo aparentemente sencillo: empezar a vivir experiencias adultas antes de sentirse completamente preparado.
Lo que este estudio no permite afirmar
El estudio es valioso, pero no autoriza a decir que «los millennials son inmaduros» ni que «los jóvenes de ahora tienen miedo por culpa de las redes sociales».
La muestra procedía de una universidad privada y muy selectiva del nordeste de Estados Unidos, por lo que no representa a toda la población. El estudio utilizó autoinformes, realizó mediciones separadas por intervalos de diez años y empleó una subescala de cuatro ítems originalmente desarrollada dentro de un instrumento de trastornos de la conducta alimentaria. Los propios autores piden replicar los resultados en muestras más diversas.1
Tampoco sabemos con este trabajo por qué las cohortes más recientes comenzaron con mayores temores. Las explicaciones económicas, ambientales o digitales son propuestas para investigar, no resultados ya demostrados.1
Esta prudencia no resta interés al hallazgo. Al contrario: permite quedarnos con lo que realmente aporta.
Conclusión: crecer también consiste en descubrir que puedes
Quizá una de las trampas de hacerse adulto sea creer que primero tenemos que sentirnos adultos y después comportarnos como tales.
Muchas veces ocurre al revés.
Tomamos una decisión sin tenerlas todas con nosotros. Nos equivocamos. Aprendemos. Nos responsabilizamos. Descubrimos que podemos pedir ayuda sin volver a ser niños. Comprobamos que una decepción no destruye la vida. Empezamos a distinguir lo que queremos de lo que esperaban de nosotros.
Y poco a poco, la adultez deja de parecer una especie de examen al que hemos llegado sin estudiar.
El estudio de 2026 ofrece una idea bastante humana: las generaciones más recientes pueden haber llegado a la vida adulta con más temor, pero ese temor no tiene por qué ser permanente. En muchas personas disminuye mientras viven aquello que antes solo podían imaginar.1
Tal vez la pregunta no sea «¿cuándo voy a sentirme preparado para ser adulto?», sino otra más útil:
«¿Qué pequeña responsabilidad puedo asumir hoy para comprobar que soy más capaz de lo que creo?»
Referencias
- Smith, A. R., Ali, S. I., Bodell, L., Perez, M., Gordon, K. H., Joiner, T. E., & Keel, P. K. (2026). Employing a cohort-sequential design spanning 30 years to understand trajectories of maturity fears. Developmental Psychology. Advance online publication. https://doi.org/10.1037/dev0002219
- Arnett, J. J. (2000). Emerging adulthood: A theory of development from the late teens through the twenties. American Psychologist, 55(5), 469–480. https://doi.org/10.1037/0003-066X.55.5.469
- Curran, T., Hill, A. P., & Pose, P. M. (2026). Perfectionism is accelerating over time: A cross-temporal meta-analytic review of 35 years of college student data. Psychological Bulletin, 152(3), 255–287. https://doi.org/10.1037/bul0000518
- Hatano, K., Hihara, S., Tsuzuki, M., Nakama, R., & Sugimura, K. (2024). Does employment status matter for emerging adult identity development and life satisfaction? A two-wave longitudinal study. Journal of Youth and Adolescence, 53, 2097–2107. https://doi.org/10.1007/s10964-024-01992-x
- Cho, E. (2024). The origins of emerging adults’ work–family balance self-efficacy: A dyadic study. Journal of Career Development, 51(2), 183–197. https://doi.org/10.1177/08948453241228853
- Smith, A. R., Bodell, L. P., Holm-Denoma, J., Joiner, T. E., Gordon, K. H., Perez, M., & Keel, P. K. (2017). “I don’t want to grow up, I’m a [Gen X, Y, Me] kid”: Increasing maturity fears across the decades. International Journal of Behavioral Development, 41(6), 655–663. https://doi.org/10.1177/0165025416654302
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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA
Psicólogo Especialista en Psicología Clínica












