Una mujer de 47 años llega a consulta después de tres años de ardor, regurgitación y presión en el pecho. Ha probado distintos tratamientos y se ha sometido a varias exploraciones. Las gastroscopias no muestran una lesión capaz de explicar la intensidad de lo que siente. Antes de sentarse advierte:
«No quiero que me digan otra vez que esto está en mi cabeza».
Su irritación tiene sentido. Cada vez que una prueba resultaba normal, alguien reducía el problema a «los nervios». Sin embargo, que una gastroscopia no encuentre una lesión relevante no significa que el síntoma sea imaginario. Significa que necesitamos una explicación más amplia.
El reflujo, el ardor y el dolor son experiencias corporales reales. El aparato digestivo no funciona aislado: está conectado con el cerebro, el sistema nervioso autónomo, el sistema inmunitario, el sueño, los hábitos, las emociones y el contexto en el que vivimos. Preguntar por la historia de una persona no sustituye la valoración médica. La completa.
El caso que abre este artículo es una viñeta clínica compuesta y modificada con fines divulgativos. No permite extraer conclusiones aplicables a todas las personas con reflujo.
Lo primero: el síntoma es real
Cuando un profesional dice demasiado pronto «esto es psicológico», la persona suele escuchar otra cosa: «te lo estás inventando», «exageras» o «no tienes nada». Esa interpretación produce vergüenza, rabia y desconfianza. También dificulta que el paciente acepte explorar la posible influencia del estrés o de la regulación emocional.
La distinción fundamental no es entre síntomas “reales” y síntomas “psicológicos”. Todo síntoma que una persona experimenta es real. La cuestión clínica es comprender qué mecanismos lo generan y lo mantienen.
En algunos casos existe una enfermedad por reflujo gastroesofágico claramente demostrada. En otros, la endoscopia es normal y se necesita estudiar con más precisión si hay reflujo no erosivo, hipersensibilidad al reflujo, pirosis funcional, un trastorno de motilidad, esofagitis eosinofílica, rumiación, eructos supragástricos u otra causa. Los consensos actuales insisten en que los síntomas por sí solos no siempre permiten saber qué mecanismo está actuando y que la evaluación debe personalizarse.1, 2, 3
Una gastroscopia normal no significa que no pase nada
La gastroscopia permite observar lesiones, inflamación, estrechamientos y otras alteraciones estructurales. Es una herramienta esencial, pero no puede medir por sí sola todos los procesos que intervienen en la percepción del ardor o el dolor.
Una persona puede tener síntomas compatibles con reflujo sin presentar erosiones visibles. También puede experimentar ardor ante episodios de reflujo que otras personas apenas percibirían. En determinados cuadros, el problema principal no es una exposición excesiva al ácido, sino una sensibilidad aumentada del esófago o una interpretación amplificada de las señales corporales.
Por eso, cuando los síntomas persisten, el especialista puede considerar pruebas como la monitorización ambulatoria del reflujo mediante pH o pH-impedancia y, en algunos casos, la manometría esofágica. La prueba adecuada depende de si el reflujo ya está demostrado, de los síntomas predominantes y del tratamiento que se esté utilizando.1, 2, 3
La frase correcta no es «no tienes nada», sino: «no hemos encontrado una lesión que explique por sí sola lo que te ocurre; necesitamos comprender mejor el funcionamiento».
Qué es el eje intestino-cerebro
El aparato digestivo posee una extensa red de neuronas, conocida como sistema nervioso entérico. Este sistema regula funciones como la motilidad, la secreción y parte de la actividad digestiva. Se comunica de manera bidireccional con el sistema nervioso central a través de vías nerviosas —entre ellas el nervio vago—, mecanismos hormonales, inmunitarios y metabólicos.
A este intercambio se le denomina eje intestino-cerebro. No significa que el cerebro “invente” síntomas digestivos. Significa que cerebro y sistema digestivo forman parte de un sistema de regulación compartido.
Los denominados trastornos de la interacción intestino-cerebro se caracterizan por alteraciones en procesos como la motilidad, la sensibilidad visceral, la función de la mucosa, la actividad inmunitaria, la microbiota o el modo en que el sistema nervioso central procesa las señales procedentes del aparato digestivo. Son frecuentes y pueden producir un deterioro importante de la calidad de vida aun cuando no exista una lesión estructural visible.4, 5
Cómo puede influir el estrés sin convertir el síntoma en imaginario
El estrés no es una explicación universal ni debe utilizarse para cerrar una evaluación médica. Pero sí puede modificar el funcionamiento digestivo.
Cuando vivimos una situación de amenaza, el organismo reorganiza sus prioridades. Se activa el sistema nervioso autónomo, cambia la respiración, aumenta la tensión muscular y se modifica la atención. En el aparato digestivo pueden producirse cambios en la motilidad, la secreción y la sensibilidad. Además, el sueño insuficiente, las comidas apresuradas, el alcohol, el tabaco, los horarios irregulares o determinados hábitos que acompañan al estrés pueden agravar los síntomas.9
También interviene la hipervigilancia. Después de meses o años de síntomas, la persona aprende a vigilar cada sensación. Un pequeño cambio en el pecho o la garganta activa la expectativa de que el episodio empeorará. Esa atención intensa no inventa la señal, pero puede aumentar su relevancia, su intensidad percibida y la ansiedad asociada.
Se forma así un circuito:
- Aparece una sensación digestiva.
- La persona la interpreta como peligrosa o incontrolable.
- Aumentan la ansiedad, la vigilancia y la activación autonómica.
- La señal corporal se percibe con más intensidad.
- La experiencia confirma que el cuerpo es imprevisible y amenazante.
Este circuito ayuda a comprender por qué algunas personas continúan sufriendo aunque el tratamiento haya reducido la exposición al ácido. El síntoma no es falso; el sistema de alarma se ha vuelto demasiado sensible.
Por qué importa preguntar qué está ocurriendo en la vida de la persona
Preguntar por la historia no significa buscar una interpretación simbólica forzada. No todo reflujo representa algo “que no podemos tragar”, ni todo dolor de garganta es una palabra reprimida. Estas asociaciones automáticas pueden resultar atractivas, pero simplifican procesos complejos y vuelven a invalidar al paciente.
Lo clínicamente útil es observar patrones. ¿Cuándo aumentan los síntomas? ¿Qué sucede los días anteriores? ¿Cómo duerme la persona? ¿Come con prisa? ¿Existen conflictos, responsabilidades de cuidado, miedo, duelo o sobrecarga? ¿Hay momentos de alivio? ¿Qué hace cuando aparece el ardor?
En la viñeta inicial, las primeras sesiones no se dedicaron a interpretar la infancia ni a buscar un significado oculto. Se registraron los episodios, su intensidad, la alimentación, el sueño, la medicación y los acontecimientos del día. Con el tiempo apareció una regularidad: los síntomas aumentaban durante los días previos a visitar a una madre dependiente y muy exigente.
La paciente describió aquellas visitas como «asfixiantes». La coincidencia entre esa palabra y su experiencia corporal abrió una conversación, pero no demostró que la relación familiar causara el reflujo. Permitió explorar una situación de sobrecarga, culpa y ausencia de límites que coincidía temporalmente con las exacerbaciones.
El descubrimiento debe pertenecer a la persona. El profesional puede devolver una correlación: «He observado que los síntomas aumentan antes de estas visitas». No debe imponer una sentencia: «Tu cuerpo está diciendo que no puedes soportar a tu madre».
Un diario de síntomas puede aportar más información que una interpretación rápida
Un registro de dos a cuatro semanas puede ayudar a encontrar patrones. Conviene anotar:
- Hora de comienzo y duración del episodio;
- Intensidad del ardor, dolor o regurgitación;
- Alimentos y bebidas ingeridos;
- Horario de las comidas y momento de acostarse;
- Medicación y forma de tomarla;
- Calidad del sueño;
- Actividad física;
- Situaciones de tensión, discusión, anticipación o sobrecarga;
- Pensamientos y conductas que aparecieron con el síntoma;
- Qué ayudó y qué lo empeoró.
El objetivo no es demostrar que “todo es estrés”, sino construir un mapa más completo. A veces el registro revela una asociación con cenas tardías o una toma inadecuada de la medicación. Otras veces muestra que los episodios aumentan con el insomnio, la sobrecarga laboral o determinadas situaciones relacionales. Con frecuencia aparecen varios factores a la vez.
El modelo biopsicosocial: ampliar la mirada sin abandonar la medicina
George Engel propuso el modelo biopsicosocial como respuesta a una medicina que podía resultar demasiado estrecha cuando se centraba únicamente en la lesión observable. Su planteamiento no negaba la biología. Defendía que la enfermedad y la experiencia de enfermar se comprenden mejor cuando se integran factores biológicos, psicológicos y sociales.6
Aplicado al reflujo, este modelo permite formular preguntas complementarias:
- Biológicas: ¿existe reflujo demostrado?, ¿hay inflamación, hernia de hiato, alteraciones motoras o hipersensibilidad?
- Psicológicas: ¿cómo interpreta la persona la señal?, ¿hay ansiedad, hipervigilancia, evitación o dificultad para regular el estrés?
- Conductuales: ¿cómo son los horarios, el sueño, las comidas, la respiración, el consumo de alcohol o tabaco?
- Sociales: ¿hay sobrecarga, precariedad, responsabilidades de cuidado, conflictos o ausencia de apoyo?
- Biográficas: ¿qué ha aprendido la persona sobre el cuerpo, la enfermedad, el cuidado y la expresión de sus necesidades?
Ninguno de estos niveles explica por sí solo todos los casos. La utilidad está en observar cómo interactúan.
Cómo puede abordarse de forma integrada
1. Confirmar qué se ha estudiado y qué diagnóstico se está manejando
Antes de atribuir el cuadro al estrés es necesario conocer las pruebas realizadas y mantener la coordinación con gastroenterología o atención primaria. Un reflujo que no mejora puede requerir revisar el diagnóstico, el horario y la adherencia al tratamiento, o realizar estudios adicionales.
Nunca debe suspenderse un inhibidor de la bomba de protones u otra medicación sin acordarlo con el profesional que la prescribe.
2. Ajustar las medidas al caso concreto
Las guías recomiendan medidas individualizadas. Algunas personas se benefician de evitar comidas cercanas a la hora de acostarse, elevar la cabecera si predominan los síntomas nocturnos, dejar de fumar o abordar el exceso de peso cuando está presente. No es necesario prohibir indiscriminadamente todos los alimentos que alguna vez se han relacionado con el reflujo. Las restricciones extensas pueden aumentar el miedo a comer y empeorar la calidad de vida.1, 2
3. Reducir hipervigilancia y miedo a las sensaciones
Cuando existe hipersensibilidad al reflujo, pirosis funcional o hipervigilancia, el tratamiento puede incluir educación sobre el eje intestino-cerebro, terapia cognitivo-conductual, técnicas de relajación, respiración diafragmática, hipnoterapia dirigida al intestino o fármacos neuromoduladores seleccionados por el médico. La AGA recomienda considerar estas estrategias de acuerdo con el perfil del paciente, no como sustitución automática del tratamiento digestivo.2, 7, 8
4. Trabajar las situaciones vitales que mantienen la activación
Si el registro muestra que los síntomas empeoran con determinadas situaciones, la terapia puede ayudar a expresar emociones, modificar patrones de sobrecarga, pedir ayuda y establecer límites. No se trata de buscar una causa psicológica única, sino de reducir factores que mantienen al organismo en alerta.
5. Medir cambios concretos
La mejoría no debe evaluarse solo con impresiones generales. Pueden registrarse:
- Número de días con síntomas;
- Intensidad y duración de los episodios;
- Despertares nocturnos;
- Visitas a urgencias;
- Uso de medicación de rescate;
- Alimentos y actividades recuperados;
- Nivel de miedo y vigilancia ante las sensaciones.
En el caso compuesto del inicio, el trabajo emocional y la puesta de límites coincidieron con una reducción gradual de los episodios. La medicación solo se modificó posteriormente y en coordinación con el especialista. Este resultado no demuestra que todas las personas mejoren igual, pero ilustra el valor de un tratamiento integrado.

Errores frecuentes que pueden aumentar el sufrimiento
Decir «es psicológico» como conclusión
Esta frase reduce un proceso complejo a una etiqueta y reactiva la sensación de no ser creído. Es más preciso explicar que el síntoma puede estar influido por mecanismos de interacción entre aparato digestivo y sistema nervioso.
Competir con el especialista digestivo
El abordaje psicológico no debe desacreditar pruebas, diagnósticos ni medicación. La coordinación evita mensajes contradictorios y aumenta la seguridad.
Forzar metáforas
Asociar automáticamente el ardor con rabia, el reflujo con algo “que sube” o la dificultad para tragar con una experiencia que “no se puede tragar” puede resultar invasivo. Una metáfora solo es útil si surge de la experiencia de la persona y se mantiene como hipótesis, no como verdad.
Prometer que reducir el estrés curará el reflujo
El manejo del estrés puede disminuir la intensidad o la frecuencia de los síntomas en algunas personas, pero no sustituye el diagnóstico ni garantiza la desaparición del cuadro.
Convertir la alimentación en una lista interminable de prohibiciones
Las restricciones deben basarse en patrones observados y recomendaciones profesionales. El miedo a comer puede convertirse en otro problema.
Señales que requieren valoración médica
El reflujo frecuente o persistente debe consultarse. Es especialmente importante solicitar valoración médica si aparecen dificultad o dolor al tragar, pérdida de peso no intencionada, vómitos persistentes, sangrado digestivo, anemia, sensación de que la comida se queda atascada o síntomas nuevos que empeoran progresivamente.
El dolor torácico intenso, repentino o acompañado de dificultad respiratoria, sudoración, mareo o dolor irradiado requiere atención urgente, porque no debe atribuirse automáticamente al reflujo.
Conclusión: escuchar la historia sin dejar de estudiar el cuerpo
El cuerpo no es un oráculo que hable mediante símbolos simples. Pero tampoco es una máquina separada de la experiencia. El aparato digestivo responde a alimentos, ácido, postura y motilidad; también participa en sistemas de alerta, regulación y aprendizaje.
Preguntar por la historia de una persona no significa afirmar que su reflujo es emocional. Significa reconocer que el síntoma ocurre en un organismo que ha vivido, aprendido, cuidado, temido y soportado.
La gastroscopia puede mostrar la mucosa. No puede mostrar la hipervigilancia, el insomnio, la culpa del cuidador, la ansiedad anticipatoria ni la forma en que una persona lleva años ignorando sus límites. Estos factores no explican todos los casos, pero pueden formar parte del cuadro.
La intervención más respetuosa empieza con una frase sencilla: «Lo que sientes es real. Vamos a comprenderlo sin reducirlo ni a una lesión ni a los nervios».
Fuentes consultadas
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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA
Psicólogo Especialista en Psicología Clínica












