El móvil, la consola y la tableta son ya juguetes cotidianos en muchos hogares, pero ¿qué ocurre cuando se convierten en el principal modo de entretenimiento de los menores? En los últimos meses varios estudios han alertado de un fenómeno preocupante: cada vez más niñas, niños y adolescentes presentan síntomas de uso adictivo de la tecnología. Este patrón de dependencia se asocia con ansiedad, depresión e incluso ideación suicida. Como psicóloga clínica en Bravo de Medina y Zabala, me gustaría compartir qué dicen las investigaciones recientes, por qué no basta con medir el tiempo de pantalla y cómo podemos proteger la salud emocional de nuestros hijos e hijas.

¿Qué revela la ciencia sobre el uso problemático de pantallas?

Un informe del proyecto global Health Behaviour in School‑aged Children (HBSC), auspiciado por la Organización Mundial de la Salud y basado en encuestas a adolescentes de 44 países, calcula que alrededor del 11 % de los jóvenes presenta un uso problemático de redes sociales, juegos y dispositivos. La categoría de «uso problemático» no se define solo por el número de horas, sino por la forma en que la tecnología interfiere en la vida diaria: dificultades para concentrarse en la escuela, incapacidad de pasar tiempo con amigos o de dormir sin revisar constantemente el móvil. Aún más inquietante, un estudio longitudinal publicado en JAMA Network Open y explicado por El País ha seguido durante cuatro años a 4.285 adolescentes. Los autores encontraron que casi uno de cada dos jóvenes –más del 40 %– muestra trayectorias de uso altamente adictivo de teléfonos, redes sociales y videojuegos. Estos patrones se asocian con un riesgo entre dos y tres veces mayor de comportamientos e ideación suicida frente a quienes tienen un uso menos intenso.

En niños y niñas menores de diez años, una revisión de 117 estudios con casi 300.000 participantes concluye que el consumo excesivo de pantallas se relaciona con ansiedad, depresión, agresividad e hiperactividad. La relación es bidireccional: el uso prolongado aumenta el riesgo de problemas emocionales, pero los menores que ya los presentan tienden a recurrir a los dispositivos para evadirse. Los autores señalan que la depresión y la ansiedad son ya entre adolescentes dos de las principales causas de enfermedad y discapacidad, y recuerdan que la mitad de los trastornos de salud mental comienza antes de los 14 años.

Más allá de las horas: intensidad, dependencia y contenido

Una de las advertencias más claras que emergen de estas investigaciones es que centrar el debate únicamente en el número de horas de pantalla resulta reduccionista. Los expertos de la Universidad de York y de la Universidad de Stetson, consultados por el Science Media Centre, subrayan que el tipo de actividad digital es determinante. No es lo mismo usar una tableta para buscar información sobre animales que pasar horas en redes sociales expuesto a contenidos que fomentan la comparación social o en videojuegos con mecanismos de recompensa constantes.

El estudio del HBSC muestra que el 34 % de los adolescentes juega en línea diariamente, dedicando al menos cuatro horas al día en el 22 % de los casos. Los chicos tienden a engancharse más a los videojuegos, mientras que las chicas mantienen un contacto casi permanente con las redes sociales. Estos hábitos reflejan dinámicas de gratificación inmediata y generación de identidad que pueden reforzar la dependencia. La psiquiatra Geraldine Peronace, citada por Infobae, recuerda que la Sociedad Española de Pediatría recomienda cero pantallas de los 0 a los 6 años y un uso muy limitado a partir de esa edad. Además, insiste en la importancia de mantener a los niños en juego libre y exploración física para un desarrollo saludable.

¿Cómo afecta a la salud mental de los menores?

Análisis de un fenómeno en auge

El primer impacto visible es la alteración del sueño y la concentración. Adolescentes «adictos» a las pantallas refieren dificultades para desconectarse durante la noche o para centrarse en tareas que no estén relacionadas con las redes. Esta hiperestimulación puede alterar los ritmos circadianos, incrementar la irritabilidad y favorecer síntomas ansiosos. La exposición constante a vidas perfectas e imágenes de cuerpos ideales alimenta la comparación social y la baja autoestima, factores de riesgo para la depresión y los trastornos de la conducta alimentaria. En el extremo más grave, los estudios longitudinales sugieren un vínculo entre el uso compulsivo de redes y videojuegos con ideas suicidas y conductas autolesivas.

Diferencias de género y edad

Las investigaciones coinciden en que las chicas presentan mayor contacto continuo en línea y uso problemático de redes sociales que los chicos, mientras que ellos se enganchan más a los videojuegos y lo hacen durante más tiempo. La franja de mayor vulnerabilidad son los 11 a 14 años, independientemente de la condición socioeconómica. Para Francisco José Rivera, coautor del HBSC, el contenido también juega un papel importante: en las redes abundan modelos de éxito y belleza que afectan más a las chicas, mientras que los chicos están más expuestos a contenidos agresivos en juegos. Este sesgo puede explicar parte de las diferencias observadas.

Un problema con raíces bidireccionales

Uno de los hallazgos clave de la revisión de la Asociación Americana de Psicología citada por Infobae es que la relación entre tiempo de pantalla y problemas emocionales es bidireccional. Por un lado, pasar muchas horas delante de dispositivos puede incrementar el riesgo de ansiedad, depresión, agresividad o hiperactividad. Por otro, los niños que ya tienen estas dificultades buscan en las pantallas una vía de escape, lo que perpetúa el círculo vicioso.

En nuestra práctica clínica observamos a menudo este mecanismo: adolescentes que llegan a consulta tras una ruptura afectiva o un fracaso escolar utilizan las redes para anestesiar la tristeza. A corto plazo puede generar alivio, pero a largo plazo incrementa el aislamiento, la sensación de vacío y la dificultad para afrontar emociones. De ahí la importancia de entender que el uso problemático de pantallas es un síntoma y, a la vez, un factor que agrava el malestar.

Consejos para padres y educadores

1. Establece límites claros y adapta las normas a la edad. Para los más pequeños, la recomendación de «cero pantallas hasta los seis años» tiene un sentido neurobiológico: el cerebro necesita interactuar con el mundo físico para desarrollar la motricidad fina, la creatividad y la tolerancia a la frustración. A partir de esa edad, es importante negociar tiempos de uso y respetarlos.

2. Presta atención al contenido y al contexto. Más que contar minutos, observa qué hacen tus hijos con los dispositivos. ¿Consumen contenido educativo, crean historias, hablan con amigos o se sumergen en un juego solitario durante horas? Los videojuegos y las redes con mecanismos de recompensa y presión social requieren especial vigilancia.

3. Fomenta actividades offline. El juego libre, el deporte, el arte y el contacto con la naturaleza son antídotos contra el sedentarismo digital. Tal como subraya la psiquiatra Geraldine Peronace, los niños necesitan moverse, aburrirse y explorar su entorno. Estas experiencias ayudan a regular las emociones y a desarrollar habilidades de afrontamiento.

4. Habla de emociones y enseña habilidades de autorregulación. No patologices cada emoción negativa; sentir tristeza, ira o miedo es parte del crecimiento. Enseña a tus hijos a identificar sus sentimientos y buscar alternativas saludables: escribir un diario, practicar respiraciones profundas o compartir sus preocupaciones con un adulto de confianza.

5. Sé modelo y acompaña. Los adultos también somos usuarios de dispositivos. Evitar el móvil en la mesa o durante el juego, y mostrar autocontrol, es una forma de enseñar con el ejemplo. Acompañar a los menores en sus primeros pasos en redes sociales y hablar sobre lo que ven les dará herramientas para reconocer contenidos dañinos y a pedir ayuda si lo necesitan.

Conclusión: proteger su salud mental para un futuro digital sano

La tecnología forma parte de la vida y aporta beneficios incalculables; sin embargo, no puede convertirse en la única fuente de ocio de nuestros hijos. Las investigaciones recientes muestran que el uso adictivo de pantallas afecta su salud mental y puede aumentar el riesgo de ideación suicida. No se trata de demonizar los dispositivos, sino de entender cómo, cuándo y para qué se utilizan. Convertirnos en guías conscientes de su consumo digital, promover conexiones afectivas y brindar herramientas de autorregulación son acciones clave para evitar que las pantallas se conviertan en un enemigo silencioso.

En Bravo de Medina y Zabala trabajamos cada día con familias que buscan apoyo profesional para gestionar los desafíos de la crianza en la era digital. Si sientes que las pantallas están afectando el bienestar emocional de tus hijos o hijas, ponte en contacto con nuestra clínica en Bilbao. Nuestro equipo de psicólogos te acompañará para recuperar la armonía familiar y fortalecer su salud mental. Además, te invitamos a compartir este artículo con otras familias; construir una comunidad informada es la mejor forma de cuidar a nuestros niños y niñas.

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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica