Dos adolescentes se colocan frente a frente. Alrededor hay un grupo mirando y varios móviles grabando. No van a pelear, no van a improvisar rap y tampoco van a competir por bailar mejor. Van a demostrar quién tiene más aura.

Hacen una pose, una mirada, un gesto reconocible de TikTok, una referencia a un meme. El público reacciona. Uno “gana aura”. El otro puede perderla.

Para quien no esté familiarizado con el lenguaje de internet, todo esto puede parecer absurdo. Pero precisamente por eso merece la pena detenerse. Las modas juveniles suelen exagerar, convertir en juego y hacer visible algo que ya existía antes: la necesidad de saber cómo nos ven los demás y qué valor nos conceden.

En agosto de 2026, las llamadas “batallas de aura” se han convertido en un fenómeno visible entre adolescentes y adultos jóvenes en distintos países de América Latina y también en España. En ellas, los participantes compiten mediante poses, gestos, referencias virales y formas de presentarse ante el público para demostrar quién proyecta mayor carisma, seguridad o estilo.

Desde la psicología clínica, el fenómeno es interesante no porque “farmear aura” sea un trastorno —no lo es—, sino porque condensa de forma muy clara tres temas centrales del desarrollo psicológico: la búsqueda de la mirada del otro, la construcción de la identidad y la regulación de la autoestima.

¿Qué significa exactamente “farmear aura”?

La expresión mezcla dos mundos.

“Farmear” procede del lenguaje de los videojuegos y hace referencia a repetir acciones para acumular puntos, experiencia o recursos. “Aura”, en este uso contemporáneo, no tiene un sentido espiritual. Se refiere a la presencia, el carisma, la seguridad o ese “algo” que hace que una persona parezca interesante sin necesidad de esforzarse demasiado.

En inglés, aura farming se utiliza para describir acciones realizadas con la intención de proyectar una personalidad admirada, atractiva o interesante, especialmente en redes sociales.

La gracia del concepto está en una paradoja: hay que conseguir admiración sin parecer que la estás buscando.

Si alguien hace algo con seguridad y naturalidad, “suma aura”. Si se nota demasiado que está intentando impresionar, puede ocurrir justo lo contrario. La mirada del público es imprescindible, pero la persona debe comportarse como si no la necesitara.

Psicológicamente, esta contradicción es mucho más interesante de lo que parece.

Necesito que me mires, pero no quiero que notes que necesito tu mirada

Todos necesitamos reconocimiento. No es un defecto adolescente ni una forma de narcisismo patológico. Desde muy pronto construimos una parte de nuestra identidad a través de cómo los demás reaccionan a nosotros.

Un niño mira a sus padres para saber si algo que ha hecho provoca alegría, rechazo o preocupación. Un adolescente observa al grupo para entender qué cualidades son admiradas, qué comportamientos generan vergüenza y qué tipo de persona parece tener valor.

La diferencia actual es que esa mirada se ha vuelto visible, cuantificable y permanente.

Likes, reproducciones, comentarios, seguidores, compartidos y ahora incluso “puntos de aura” convierten la evaluación social en algo que parece poder medirse.

Antes podíamos preguntarnos: «¿Habré caído bien?». Ahora podemos mirar la pantalla y comprobar cuántas personas reaccionaron.

Esto no significa que las redes sociales dañen inevitablemente la autoestima. Los efectos dependen de lo que una persona hace en ellas, de sus vulnerabilidades previas, del contenido y de las características de la plataforma.

Pero sí significa que nunca habíamos tenido tantos espejos sociales funcionando al mismo tiempo.

La adolescencia: una etapa en la que la mirada pesa especialmente

Durante la adolescencia estamos respondiendo, de manera más o menos consciente, a preguntas muy importantes:

¿Quién soy?
¿A qué grupo pertenezco?
¿Qué me hace diferente?
¿Qué partes de mí gustan?
¿Qué partes debería esconder?
¿Cómo quiero que me vean?

Por eso no deberíamos interpretar automáticamente el “farmear aura” como superficialidad. Jugar con la apariencia, ensayar personajes, probar estilos, imitar modelos o experimentar con distintas versiones de uno mismo puede formar parte del desarrollo normal de la identidad.

La investigación sobre redes sociales e identidad adolescente sugiere que importa mucho qué hacen los jóvenes en redes, no solo cuánto tiempo pasan conectados. La participación activa puede relacionarse con exploración de identidad, mientras que la comparación social y determinadas formas de autopresentación pueden asociarse con mayor malestar o menor claridad del autoconcepto.

Es decir, una red social puede ser también un laboratorio de identidad.

El problema no está necesariamente en probar quién soy. El problema puede empezar cuando dejo de preguntarme quién soy y empiezo a preguntarme únicamente qué versión de mí obtiene mejor respuesta.

De construir identidad a construir personaje

Todos presentamos versiones diferentes de nosotros mismos según el contexto. No hablamos igual con nuestros amigos que en una entrevista de trabajo. Esto no nos convierte en falsos.

La identidad sana tiene flexibilidad.

Pero hay una diferencia entre adaptar la expresión y fabricar una identidad para obtener aprobación.

Una presentación más auténtica de uno mismo tiende a relacionarse con mayor claridad del autoconcepto, mientras que una autopresentación muy idealizada o alejada de la experiencia cotidiana puede asociarse con mayor confusión identitaria en algunas personas.

Esto nos lleva al núcleo de “farmear aura”.

En principio puede ser solo un juego: una pose, una broma, una manera de pertenecer al grupo.

Pero si una persona empieza a construir sistemáticamente una versión “con aura” que debe parecer segura, indiferente, interesante y siempre controlada, aparece una pregunta clínica:

¿Qué ocurre con las partes de mí que no tienen aura?

¿Dónde queda la inseguridad?
¿Dónde queda necesitar afecto?
¿Dónde queda hacer el ridículo?
¿Dónde queda preguntar algo que no sé?
¿Dónde queda ser torpe, vulnerable, afectuoso o simplemente normal?

La cultura del “cringe”: el miedo a hacer el ridículo

Una de las reglas implícitas del aura es que no debes parecer desesperado por conseguirla.

Hay que mostrarse seguro, relajado, como si todo saliera sin esfuerzo.

Por eso lo contrario del aura suele ser el cringe: algo que genera vergüenza ajena. Intentar demasiado, mostrar necesidad, equivocarse de forma poco elegante o quedarse esperando una reacción puede convertirse simbólicamente en “perder aura”.

El humor que rodea a estas expresiones puede ser sano y compartido. Reírnos de nosotros mismos es una capacidad psicológica valiosa.

Pero existe otra posibilidad: que la vigilancia sobre la propia imagen sea tan intensa que la espontaneidad empiece a desaparecer.

Antes de hacer algo pienso cómo quedará.
Antes de hablar calculo si sonará ridículo.
Antes de mostrar interés intento no parecer demasiado interesado.
Antes de expresar afecto pienso si pareceré necesitado.

Entonces ya no estoy simplemente relacionándome. Estoy observándome relacionarme.

Cuando uno se convierte en espectador de sí mismo

Las redes sociales facilitan algo psicológicamente particular: podemos experimentar una situación y, al mismo tiempo, imaginar cómo se verá desde fuera.

No solo estamos en una fiesta. Estamos pensando qué fotografía podría salir de ella.

No solo estamos haciendo deporte. También existe la posibilidad de grabarlo.

No solo decimos algo gracioso. También pensamos si puede convertirse en contenido.

La mirada externa puede terminar instalándose dentro.

Esto no es exclusivo de adolescentes ni de TikTok. Los adultos hacemos algo parecido cuando seleccionamos cuidadosamente qué logros profesionales enseñamos, qué vacaciones publicamos o qué versión de nuestra vida queremos que conozcan los demás.

“Farmear aura” simplemente convierte este proceso en un lenguaje explícito: estoy acumulando capital simbólico ante una audiencia.

Autoestima: ¿cuánto valgo si nadie reacciona?

Aquí aparece una distinción fundamental.

Una cosa es disfrutar de la aprobación. Otra es necesitarla para saber cuánto valgo.

La autoestima humana siempre está influida por las relaciones. Pretender que debería ser completamente independiente de la mirada de los demás sería poco realista.

El problema surge cuando se vuelve excesivamente contingente: me siento valioso cuando recibo aprobación y dejo de sentirme valioso cuando esa aprobación desaparece.

La investigación empieza a estudiar de forma específica la llamada autoestima contingente a las redes sociales: una forma de valoración personal que depende especialmente de la respuesta obtenida en entornos digitales.

También se ha observado que adolescentes pueden mostrar una mayor sensibilidad de la autoestima momentánea frente al feedback social que los adultos, aunque los resultados dependen de las muestras y del contexto y no deben generalizarse de manera automática.

El mensaje clínico no es «los likes destruyen la autoestima».

Es más preciso: cuanto más depende nuestra valoración de señales externas inestables, más inestable puede volverse la experiencia de nuestro propio valor.

La comparación: el aura necesita un ranking

No se puede tener “más aura” si no existe alguien con quien compararse.

Ahí está otro elemento central del fenómeno.

Las batallas de aura convierten la comparación en juego explícito: quién tiene más presencia, quién impresiona más, quién domina mejor los códigos del grupo.

La comparación social es normal. Nos ayuda a orientarnos y aprender. Pero puede convertirse en una fuente constante de insatisfacción cuando la utilizamos para medir nuestro valor.

Compararnos puede ayudarnos a crecer. Convertir toda interacción en una clasificación puede hacer que dejemos de vivirla.

Farmear aura también puede ser juego, creatividad y pertenencia

Hasta aquí podríamos dar la impresión de que “farmear aura” es necesariamente perjudicial. Sería un error.

Para muchos adolescentes probablemente sea exactamente lo que parece: un juego compartido.

Aprenden referencias comunes, improvisan, se ríen, compiten de forma teatral, expresan creatividad y sienten pertenencia a una cultura generacional propia.

Las redes también pueden ofrecer conexión, apoyo, exploración de intereses y oportunidades de expresión.

Por eso, clínicamente, no importa tanto si alguien “farmea aura”. Importa qué función cumple.

¿Es diversión?
¿Es una manera de jugar con los amigos?
¿Es creatividad?
¿Es pertenencia?

O, por el contrario:

¿Es una necesidad constante de demostrar valor?
¿Es miedo a pasar desapercibido?
¿Es una forma de compensar una autoestima muy vulnerable?
¿Es una identidad que empieza a depender completamente del público?

El atractivo de parecer que no necesitas a nadie

Mucho del “aura” contemporáneo está asociado a una estética de autosuficiencia: no reaccionar demasiado, no mostrar que algo nos importa, no perseguir a nadie, mantener la calma y parecer emocionalmente inaccesible.

Esto puede confundirse fácilmente con seguridad.

Pero seguridad emocional e indiferencia no son lo mismo.

Una persona segura puede mostrar interés. Puede preguntar. Puede decir que alguien le importa. Puede admitir que se ha sentido herida. Puede hacer el ridículo y sobrevivir a ello.

A veces la verdadera fragilidad no está en necesitar a los demás, sino en no poder soportar que los demás sepan que los necesitamos.

Desde este punto de vista, “tener aura” puede convertirse en una representación defensiva: parecer imperturbable para no quedar expuesto.

No afirmamos que eso explique el fenómeno en general. Es una hipótesis clínica que puede ser útil en algunas personas, no una interpretación automática de una moda cultural.

Señales de que el juego está empezando a costar demasiado

No hace falta preocuparse porque un adolescente haga vídeos, siga memes o participe en una batalla de aura.

  • Su estado de ánimo depende mucho de likes, comentarios, visitas o reacciones;
  • Borra contenido compulsivamente si no recibe suficiente atención;
  • Evita situaciones por miedo a quedar en ridículo o “perder aura”;
  • Dedica mucho tiempo a pensar cómo parecer interesante en lugar de disfrutar de lo que hace;
  • Se compara constantemente y termina sintiéndose inferior;
  • La versión que muestra online está cada vez más alejada de cómo se siente realmente;
  • Necesita representar seguridad incluso cuando necesita ayuda;
  • Empieza a despreciar la vulnerabilidad, la ternura o la espontaneidad por considerarlas señales de debilidad;
  • las relaciones se convierten principalmente en escenarios de evaluación.

Ninguna señal aislada demuestra un problema clínico. Lo relevante es la persistencia, el malestar y cuánto interfiere en la vida cotidiana.

Cinco preguntas para saber si estoy construyendo identidad o solo imagen

1. ¿Haría esto si nadie pudiera verlo?

No significa que solo sean auténticas las cosas privadas. Nos vestimos, hablamos y actuamos también para relacionarnos. Pero la pregunta ayuda a distinguir placer propio de necesidad de audiencia.

2. ¿Qué pasa conmigo cuando no recibo la reacción que esperaba?

¿Me decepciono un poco y sigo con mi día? ¿O siento que he perdido valor?

3. ¿Cuánto se parece mi personaje público a mi experiencia real?

No tenemos que mostrarlo todo. Intimidad y autenticidad no son lo mismo. Pero si siempre debemos parecer seguros cuando estamos mal, la distancia puede empezar a pesar.

4. ¿Puedo tolerar hacer el ridículo?

Una autoestima suficientemente sana permite sobrevivir a pequeñas vergüenzas. Tropezar, equivocarse, decir algo torpe, no entender un meme. La vida humana tiene poca estética cuando se vive de verdad.

5. ¿Quién soy cuando nadie me está mirando?

Quizá sea la pregunta más importante.

¿Qué me gusta aunque no produzca admiración?
¿Qué valores intento vivir?
¿Qué relaciones me importan aunque nadie las vea?
¿Qué hago bien sin necesidad de publicarlo?
¿Qué partes de mí necesito cuidar aunque no tengan “aura”?

Qué pueden hacer madres y padres: comprender antes de ridiculizar

Cuando aparece una nueva palabra juvenil, una respuesta adulta frecuente es reírse de ella.

«Qué tontería».
«En mis tiempos no hacíamos estas cosas».
«Estáis todos enganchados a TikTok».

Probablemente esa reacción cierre la conversación.

Es mucho más interesante preguntar:

«¿Qué significa tener aura para vosotros?»
«¿Qué te hace pensar que alguien tiene mucha?»
«¿Qué sería perder aura?»
«¿Esto es solo una broma o de verdad preocupa quedar mal?»

Escuchar el lenguaje de una generación permite entrar en sus preocupaciones sin adoptar necesariamente sus códigos.

La paradoja final: cuanto más buscamos parecer auténticos, más podemos estar actuando

El aura se supone espontánea.

Ese es el chiste y, al mismo tiempo, el núcleo psicológico del fenómeno.

Intentamos fabricar una imagen que parezca no estar fabricada.

Queremos mostrar una seguridad que parezca natural. Queremos ser vistos sin parecer necesitados de ser vistos. Queremos destacar, pero como si destacar fuera algo que simplemente nos ocurre.

Esta tensión no pertenece exclusivamente a una generación. Está presente en muchas formas adultas de autopresentación.

Solo que los jóvenes han encontrado una expresión sorprendentemente exacta para describirla.

Conclusión: tener presencia no es lo mismo que vivir pendiente del público

Farmear aura puede ser un meme, una moda, una competición divertida y una forma de pertenencia. No necesitamos convertir cada fenómeno juvenil en un síntoma.

Pero también funciona como una metáfora extraordinariamente buena de una cuestión psicológica profunda: cuánto de lo que creemos ser depende de la mirada que recibimos.

Necesitamos esa mirada. Todos la necesitamos.

La autoestima sana no consiste en dejar de necesitar reconocimiento. Consiste en que el reconocimiento de los demás no sea la única fuente disponible para saber quiénes somos y cuánto valemos.

Quizá la verdadera madurez no sea conseguir una cantidad infinita de “puntos de aura”, sino poder ser interesante unas veces y corriente otras; sentirse seguro en algunos momentos y necesitar ayuda en otros; impresionar y también hacer el ridículo.

Porque cuando toda nuestra identidad necesita un público, dejamos de preguntarnos quiénes somos y empezamos a preguntarnos únicamente cómo estamos quedando.

Y ahí la mirada del otro deja de acompañar la construcción de la identidad y empieza a dirigirla.

Referencias

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  • Chen, Y.-H. (2025). A comparative study of state self-esteem responses to social media feedback loops in adolescents and adults. Frontiers in Psychology, 16, 1625771. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2025.1625771
  • Jin, L. T., & Choi, Y. J. (2026). Are your defense mechanisms harming you? The role of psychological defenses in social media comparison and adolescent self-esteem. Computers in Human Behavior, 178, 108916. https://doi.org/10.1016/j.chb.2026.108916
  • Martinez, A. M., Browne, L. J., & Knee, C. R. (2024). Conceptualizing social media contingent self-esteem. Cyberpsychology, 18(3), Article 2. https://doi.org/10.5817/CP2024-3-2
  • American Psychological Association. Health advisory on social media use in adolescence.
  • Cambridge University Press. (2026). Aura farming. Cambridge Dictionary.

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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica