Hay fechas que iluminan y a la vez revelan la sombra. La Navidad, cuando falta alguien, se convierte en un territorio donde los vínculos hablan sin palabras. El duelo se sienta a la mesa, aunque nadie lo nombre. En la conversación publicada en el diario Deia, se abre el espacio para decir lo que suele callarse: que el dolor necesita un lugar, que la memoria sostiene, que no hay obligación de ser fuerte, que ser humano basta.
Esta entrevista aborda cómo enfrentar las fiestas cuando hay una ausencia que pesa, cómo acompañar a una familia que contiene su sufrimiento por miedo a dañarse, y qué significa permitir que la tristeza y la alegría convivan sin sentirse traidores. Transcribirla aquí es una forma de ampliar esa conversación y ofrecer un recurso clínico y humano a quienes acompañan y a quienes transitan la pérdida.
Que esta lectura encuentre a quienes la necesiten. Aquí comienza la entrevista
«Las tradiciones compartidas realzan el efecto de la silla vacía»
Hablar en familia sobre la persona que falta suele ser más sano que evitar el tema. “No tienes que ser fuerte todo el tiempo; ser humano es suficiente”, enfatiza
Muchas familias, con la intención de “protegerse”, caen en no mencionar a la persona fallecida “para no hacer daño”, pero eso genera tensión silenciosa, un ambiente artificial donde cada cual se traga su dolor, advierte Ricardo Bravo de Medina, psicólogo clínico del Colegio Oficial de Psicólogos de Bizkaia. Quien invita a un ensayo vivido para manejar mejor el duelo: dejar un plato vacío en la mesa, o poner una vela en recuerdo del ser querido… Una forma de integrar a la persona en la Navidad, porque “está en los recuerdos, y el vínculo emocional no desaparece”.
En una Navidad sin ella nunca estamos solos, aunque duela su ausencia.
En estas fechas se suele poner una silla vacía en el centro de la mesa como homenaje. ¿Es sano o es hurgar en la herida?
–Puede ser muy sano si se hace desde el amor y el vínculo y viene con una expresión de lo que sentimos. A muchas personas les duele tanto que evitan recordarlo. Pero si lo hacemos desde un vínculo sano, podemos contarnos qué emociones suscita ese recuerdo. Para mí la tristeza, nostalgia, culpa, enfado, vacío…?
–La tristeza es dolor que necesita atención. Y es la emoción de profundidad del recuerdo, del vínculo. Junto a ella aparece la culpa porque tenemos el deseo de que las cosas hubieran sido diferentes. La Navidad ya no va a ser la de la infancia, de cuando todo era perfecto. Es un duelo, un rito de paso. Siempre hay un punto de inflexión en la vida de la sensación de un antes y un después. ¿Qué pasó en tu vida para que la Navidad no fuera esa fiesta perfecta y feliz que habías idealizado? Vaya caída.
–Los que a veces son autotrapadoras “si no estoy fuerte y bien, no soy válido”; “la tristeza es síntoma de debilidad”; “si estoy triste decepciono a los demás”. Y nos tragamos nuestra humanidad y nos desconectamos de la vida. Es preferible darnos derecho a estar mal, porque paradójicamente nos hace más fuertes. Ser persona es suficiente.
Algunas personas sienten pero no están bien y terminan anulándose emocionalmente. ¿Es recomendable?
–Desconectarse de Navidad es humano. No todo el mundo tiene por qué festejar estas fechas. Las emociones son todas legítimas. No hay que forzarnos a mostrar alegría. Si perdimos a alguien o no recogemos lo deseado, tenemos derecho a no estar bien tras una pérdida. Y más si una persona ya arrastraba pena larga o cuadros clínicos, o el duelo llega en un momento de la vida complicado: separaciones, soledad, cuadros depresivos… Si solo se ve dolor se puede complicar y derivar en formas de ansiedad, irritabilidad, depresión prolongada…
–Habrá personas a las que les cueste recordar por alegría?
–Diría que a esas personas les cuesta mostrarse como son. A veces el silencio es miedo o culpa. La narrativa es importante. Si en el ambiente familiar no se da espacio para hablar del dolor, no se podrá. Si el ambiente se abre, la palabra sale. Mostrarme humano y vulnerable, me hace débil, te hace real.
¿Es bueno mantener tradiciones o rituales que había con esa persona, o es mejor no tocarlos?
–Depende del caso. Me hace sentir y oigo a cada uno de la familia integrarlo de otra manera. Lo ideal es que haya diálogo. Y animo a las familias a hablar más. Y que dentro del diálogo no se imponga qué debe sentir cada miembro. Y que entendamos que lo que se silencia no desaparece, solo oprime.
¿Qué sucede si se establece silencio incómodo alrededor de la mesa?
–Puede deberse al dolor, al miedo, a haber perdido la costumbre de recordar a la persona que falta, pero ese no mencionar no lo hace desaparecer. A veces callar se hace para evitar el dolor, pero el dolor seguirá ahí. Atrévete a decir que duele. Darle voz al sufrimiento hará que haya más paz. Cada cual puede compartir su modo de sostener el duelo.
“Animo a decidir juntos qué mantener y qué no, sin miedo y sin culpa, atendiendo a lo que a cada uno le da más paz dentro del dolor”
“Seguir viviendo no es traicionar. El amor no se mide por cuántas lágrimas derramemos ni por el tiempo que mantengas tu tristeza”
¿Y cómo manejar la sensación de culpa si uno siente momentos de alegría pese a la ausencia?
–La culpa por sentir momentos de alegría pese a la ausencia es muy común. Y cuando uno se ríe suele sentir que traiciona al duelo. Se le explica que seguir viviendo no es traicionar. Que el amor no se mide por cuántas lágrimas derramemos ni por el tiempo que mantengas tu tristeza. Está en lo que haces con ese amor y en cómo cuidas lo que esa persona dejó en ti. Cuando uno aprende a vivir con la ausencia, el amor no se va. Vive en otro lugar.
Una frase, una dedicatoria a quien falte, ¿nos ayuda?
–Sí, escribir ayuda a integrar. Una frase nos permite nombrar lo innombrable. Si no decimos nada la persona sigue dentro pero desordenada. Cuando lo nombramos lo colocamos. Una frase puede ser: “Me acuerdo de ti cuando veo a los niños”. O “A veces te lloro y otras te río, sigo caminando contigo”.
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Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA
Psicólogo Especialista en Psicología Clínica













