El pasado 12 de mayo participé en Radio Bilbao, Cadena SER, dentro del espacio Palabras Mayores, para conversar sobre una cuestión aparentemente sencilla, pero profundamente necesaria: el poder de la alegría en tiempos difíciles.

Vivimos una época cargada de ruido, tensión, prisa y cansancio. Hablamos mucho de salud mental, de ansiedad, de depresión, de estrés, de soledad y de malestar emocional. Y está bien que lo hagamos. Durante demasiado tiempo el sufrimiento psicológico permaneció escondido, como si nombrarlo fuera una debilidad. Hoy sabemos que poner palabras al dolor es una forma de empezar a cuidarlo.

Pero también conviene recordar algo que a veces se nos olvida: la salud mental no se construye únicamente reduciendo síntomas. También se construye cultivando aquello que nos mantiene vivos por dentro. La alegría, la generosidad, la amabilidad, el buen trato, la risa y el sentido del humor no son adornos de la vida. Son nutrientes emocionales.

La alegría no es ingenuidad. No consiste en mirar hacia otro lado ni en fingir que todo va bien. Esa alegría obligatoria, impostada, casi publicitaria, puede convertirse en una forma de violencia hacia quien está sufriendo. Decirle a alguien que sonría cuando está roto es no haber entendido nada. La alegría de la que hablamos es otra cosa. Es una alegría más humilde, más adulta, más humana. No niega el dolor, pero impide que el dolor lo ocupe todo.

En la vida emocional hay momentos en los que una persona siente que su mundo se estrecha. La ansiedad reduce el horizonte. La tristeza apaga el deseo. La rabia endurece la mirada. El miedo obliga al cuerpo a vivir en guardia. En esos momentos, una conversación amable, una sonrisa sincera, un gesto de cuidado o una risa compartida pueden abrir una pequeña ventana. No resuelven todos los problemas, pero permiten respirar.

Hay gestos que parecen pequeños porque no hacen ruido. Una palabra dicha con respeto. Una llamada a tiempo. Una mirada que no juzga. Un gracias dicho con presencia. Una broma que no humilla. Una mano tendida sin invadir. Son gestos mínimos, sí, pero la vida psicológica está hecha muchas veces de acumulaciones. Igual que el maltrato cotidiano puede erosionar lentamente a una persona, el buen trato también puede repararla por goteo.

La amabilidad no es debilidad. Es inteligencia relacional. Ser amable no significa decir siempre que sí, ni evitar los conflictos, ni convertirse en alguien complaciente. Una persona puede ser firme y amable al mismo tiempo. Puede poner límites sin despreciar. Puede discrepar sin destruir. Puede decir no sin humillar. El buen trato no elimina el conflicto, pero lo civiliza.

Esto es especialmente importante en una sociedad donde la agresividad verbal se ha normalizado demasiado. En las redes, en la política, en el trabajo, en la familia, incluso en conversaciones cotidianas, parece que muchas veces hay que imponerse, vencer, ridiculizar o responder con dureza. Pero una sociedad que pierde el buen trato empieza a enfermar por dentro. Cuando cada conversación se convierte en una batalla, el sistema nervioso vive en alerta.

La generosidad también ocupa un lugar central. No hablo de una generosidad sacrificial, culpógena, compulsiva o autoexplotatoria, de esa forma de dar en la que uno se vacía para ser querido o aceptado. Esa generosidad puede acabar en agotamiento, resentimiento o dependencia. La generosidad sana consiste en ofrecer algo de uno sin desaparecer. Dar tiempo, escucha, ayuda, reconocimiento o presencia. Dar sin comprar afecto. Dar sin invadir. Dar sin olvidarse de uno mismo.

En consulta vemos con frecuencia que muchas personas sufren porque han vivido demasiado tiempo sin buen trato. Han tenido techo, trabajo, rutinas, obligaciones, pero poca ternura. Poca validación. Poco reconocimiento. Poca posibilidad de reír sin miedo. Y una vida sin alegría compartida se vuelve funcional, pero pobre. Como una casa limpia, ordenada, pero sin luz.

La risa merece también una defensa seria. La risa buena acerca. Desdramatiza. Afloja el cuerpo. Rompe la solemnidad del miedo. Permite que dos personas se encuentren sin tanta armadura. Pero no toda risa es saludable. La risa que ridiculiza, excluye o humilla no cura nada. Es agresión disfrazada de ingenio. El humor que nos interesa es el que nos hace más humanos, no el que deja a alguien fuera.

Reír juntos no borra el dolor, pero cambia la soledad con la que lo vivimos. Hay dolores que pesan menos cuando pueden ser compartidos en un vínculo seguro. Hay momentos difíciles que se vuelven más tolerables cuando alguien, sin negar la gravedad, nos ayuda a recuperar una pequeña distancia. El humor sano no se burla de la herida. Le quita poder al miedo.

La alegría, la amabilidad y el buen trato tienen además una dimensión colectiva. No son solo asuntos privados. Cada uno de nosotros genera un clima emocional alrededor. Hay personas que entran en una habitación y el cuerpo descansa. Otras entran y el cuerpo se prepara para defenderse. Esto no es poesía. Es experiencia psicológica básica. Los seres humanos no vivimos aislados. Nos regulamos y nos desregulamos en relación con los demás.

Por eso, hablar del poder de la alegría en estos tiempos no significa proponer una vida superficial. Significa recuperar una forma de resistencia emocional. En un tiempo de dureza, cuidar el trato es una posición ética. En un tiempo de crispación, hablar con respeto es una forma de salud pública. En un tiempo de soledad, practicar la generosidad es reconstruir tejido humano.

La salud mental del futuro no dependerá solo de tener más consultas, más diagnósticos o más tratamientos, aunque todo eso sea necesario. También dependerá de la clase de vínculos que seamos capaces de construir. De cómo nos hablemos. De cómo cuidemos a quienes están cerca. De si somos capaces de hacer la vida un poco más habitable para los demás.

Quizá ahí está la clave. La alegría no siempre llega como una gran emoción luminosa. A veces llega como una conversación tranquila. Como una risa inesperada. Como una mesa compartida. Como alguien que nos trata bien cuando esperábamos dureza. Como una voz que no nos exige estar bien, pero nos recuerda que todavía hay algo vivo dentro.

En tiempos difíciles, la alegría no es un lujo. Es una forma de cuidado. Y el buen trato, probablemente, una de las maneras más sencillas y más profundas de empezar a sanar una sociedad cansada. La alegría, la amabilidad, la generosidad y el buen trato son cuestiones de Salud Pública.

Dr. Psi. RICARDO BRAVO DE MEDINA

Psicólogo Especialista en Psicología Clínica